Yo tuve una vez un perro que se llamó Urki. Este libro narra su vida y, en parte, también la de la familia que le rodeó. Dicha familia, que es la mía, estaba y está formada por mi mujer, Inma, por mi hijo Mikel, mi hija María y por un servidor. Mis hijos siempre fueron unos críos encantadores, sobre todo por parte de madre: estudiosos, alegres, educados… en resumen, buena gente. Al comienzo de esta historia tenía Mikel nueve años y su hermana cinco, mi mujer más. Si hubiera que poner a mis hijos alguna pega, sería que mi Mikel, casi siempre en colaboración con su hermana, tenía la manía de llevarme la contraria.
En alguna ocasión le pregunté por el motivo de su actitud.
–No lo sé papá, me sale así. No tengo ningún mérito.
–Pero si no tienes que tener mérito.
–Bueno –contestó–, reconozco que al principio me tenía que esforzar, pero como tú dices, el esfuerzo siempre tiene recompensa.
–¿No comprendes que me puedes herir?
–Me extraña –respondió.
–¿Y eso?
–Porque, estando junto a ti, lo notaría.
–Bueno, escucha, hazme un favor: deja de hacerlo.
–Lo intentaré, pero no olvides que María está deseando relevarme.
Un buen día, mi mujer me sugirió la idea de que sería conveniente mandar a nuestro hijo al extranjero, concretamente a Inglaterra, con el fin de que aprendiese inglés, aunque, como ya he señalado al principio, Mikel solo tenía nueve años. Sin embargo, por entonces existía la creencia de que cuanto más jóvenes eran los críos, más fácil también era el aprendizaje del idioma. Los meses de verano parecían ser la época más idónea.
El sistema funcionaba de la siguiente manera: los padres pagaban “un pastón” por los viajes, la casa de acogida donde se iban alojar los pequeños, las clases y los gastos personales y, a cambio, los chavales no aprendían absolutamente nada de inglés y, en el caso de que alguno lo hiciera, solo aprendía unas pocas palabras que rápidamente olvidaba, para volver al año siguiente virgen otra vez, ya que según los expertos, la mejor forma de conocer un idioma es empezar de cero Decidimos que con un mes en un principio sería suficiente y elegimos el mes de julio.
El siguiente paso era el de notificarlo a mi hijo y, claro está, convencerle. Mi mujer me señaló que era yo el más indicado para hacerlo, porque era un asunto que debiera llevarse “entre hombres”. Yo contraataqué argumentando el grado de afinidad y complicidad que existen entre un niño y su madre. Me respondió que de acuerdo, pero que como no lo hiciera me iba a enterar de lo que valía un peine. Una vez más se demostró que el diálogo debe ser siempre un bien irrenunciable.
Elegí un domingo, valorando que ese día se puede odiar menos, por aquello de que es el día del Señor (me refiero a Dios).
Cité a Mikel en mi despacho. Entró desconfiado y mirando hacia los lados.
–Mira, hijo, hemos decidido tu madre y yo... –inicié la conversación.
–¿Quien ha decidido más? –me interrumpió.
–¿Qué más da? –contesté.
–No da lo mismo: tú decides mucho peor, cuando decides –comentó, esto último en tono más bajo. Yo hice como que no le había oído.
–Se trata de lo siguiente: tu madre y yo, de común acuerdo, hemos decidido mandarte el mes de julio a Inglaterra.
–¿Para qué?
–Para aprender inglés –respondí.
–¿Por qué no vas tú? Tú tampoco sabes. Y, además, yo ya sé bastante.
–¿Dónde has aprendido? –pregunté incrédulo.
–Con un amigo –respondió.
–¿Es inglés tu amigo?
–No, pero porque no quiere.
–¿Cómo? –grité irritado.
–Porque se podía haber racionalizado inglés.
–¿Quieres decir nacionalizado? –le corregí.
–Si hubiera querido decir eso, lo habría hecho.
–Bueno, pues, repítelo bien.
–“Racionalizado” –contestó de inmediato.
Era asombroso lo rápido que era cuando quería aprender, pero empezaba a enfadarme. Mi hijo tenía una táctica que consistía en plantearme situaciones surrealistas, táctica que le funcionaba conmigo; en cambio, con mi mujer, a la primera propuesta, le seguía un pescozón que le hacía bajar del mundo mágico que él intentaba crear. Yo nunca lo habría intentado, entre otras razones porque Inma me había advertido en múltiples ocasiones que a un niño no se le podía poner la mano encima jamás.
En vista del fracaso, decidí llevar el tema por otros derroteros.
–Mira, hijo, el inglés es muy importante. Cuando seas mayor me agradecerás el que te haya dado esta oportunidad.
–Para entonces, tú ya estarás muerto y no te lo podré agradecer y todo el día estaré pensando en cómo poder darte las gracias y no pararé de llorar, bueno sólo para comer y dormir.
Me asombró la perspicacia de Mikel para prever proyectos tan lejanos.
–Bueno, pues me las das ahora y tan contentos.
–No es lo mismo.
–Es inútil, te pongas como te pongas, ya está decidido.
Siguieron unos minutos de silencio, pero finalmente me preguntó:
–¿Cómo haré el viaje?
–¿A ti cómo te gustaría?
–En bici –respondió sin titubear.
–Pero si a Inglaterra hay más de mil kilómetros.
–Ya lo sé, pero mi bici es de carrera.
–Tardarías meses.
–Pero a cambio no contaminaría el ambiente y, además, la vuelta es cuesta abajo –argumentó.
–Bueno, en vista de tu falta de colaboración, hemos decidido por ti y hemos dispuesto que vayas en avión.
–Los aviones corren mucho y podemos pasarnos –me advirtió.
–No te preocupes ya le diré al piloto que eche el ancla –No me quedaba más remedio que ponerme a su nivel.– El vuelo dura dos horas –continué–, pero hay una diferencia con Londres de una hora.
–¿Quieres decir que si la diferencia fuese de dos horas, no haría falta ni montarme en el avión? –se notaba que buscaba una salida desesperadamente.
–No.
–¿Y dónde voy a vivir? –preguntó cambiando de tema.
–Mira, la agencia que hemos contratado te buscará una casa de acogida.
–He oído decir que en esas casas torturan a los niños se les tortura y los matan de hambre y a la vuelta los cambian por otro niño que, como es inglés, sabe muy bien el idioma y, aunque los padres le notan algo cambiado, como habla muy bien inglés, les compensa.
–¿Y quién te ha contado esa barbaridad?
–Un amigo mío del colegio me dijo...
–Vale –le interrumpí irritado–. Las experiencias personales de los amigos de Mikel, eran siempre terribles.
–Y si la comida de esa casa de recogida... –insistió.
–Acogida –corregí.
–Acogida –rectificó–. Bien, si la comida es muy mala, porque he oído decir que la comida inglesa es muy mala, a lo mejor tengo que pedir limosna.
–No hará falta, tendrás suficiente para tus gastos.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo.
Después de la promesa, dio por finalizada la conversación y se fue. Al poco tiempo, entró su madre, en su cara se reflejaba cierto grado de preocupación.
–¿Qué ha ocurrido? –me preguntó.
–Creo que lo sabes también como yo –respondí
–¿Por qué lo dices? –quiso saber.
–Porque has estado escuchando detrás de la puerta toda nuestra charla.
–Bueno alguna palabra me he perdido.
–Dime cuál y te la repito.
–Bueno, vale. ¿Qué te ha parecido? –preguntó.
–Pues que es obvio que no está por la labor –repliqué.
–Tendremos que ceder algo –planteó.
–Se me ocurre que… si en vez de un mes, lo cambiamos por un fin de semana y, en lugar de Londres, lo enviamos a Tudela, que está tocando, quizá terminara aceptando.
–¿Y que pasaría con el inglés? –me interrogó esperanzada.
–Eso sería lo de menos. Más tarde lo aprendería por señas –repliqué. Ella captó mi ironía.
–Es que cuando te pones burro, ¡qué naturalidad tienes!
–Mira, Inma, no hay más solución que cumplir con el plan que habíamos previsto –concluí.
–Es que es tan niño... –comenzó a sollozar. De pronto se le iluminó el rostro–: ¿Por qué no vas tú en vez de él y a la vuelta se lo cuentas todo?
–Esa posibilidad ya me la ha planteado Mikel –le informé.
–¡Qué listo es! –comentó orgullosa.
–¿Tú de qué parte estás? –le interrogué.
–Ya lo sabes: de la parte más débil, de la tuya.
Me emocioné...
–Me refiero mentalmente –aclaró.
Dejé de emocionarme.
–Otra solución sería mandarlo con su abuela. –No se daba por vencida.
–¿Con su abuela? –pregunté.
–Sí –respondió.
–Pero si tiene casi cien años, no me los imagino a los dos de acampada –comenté.
–Sabes que a la abuela eso no le gusta –respondió.
–Ni a Mikel tampoco –repliqué.
Yo creía que al fin se habían agotado todas las propuestas sensatas, así que pregunté:
–¿Lo dejamos aquí ya?
–Vale –murmuró.
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En alguna ocasión le pregunté por el motivo de su actitud.
–No lo sé papá, me sale así. No tengo ningún mérito.
–Pero si no tienes que tener mérito.
–Bueno –contestó–, reconozco que al principio me tenía que esforzar, pero como tú dices, el esfuerzo siempre tiene recompensa.
–¿No comprendes que me puedes herir?
–Me extraña –respondió.
–¿Y eso?
–Porque, estando junto a ti, lo notaría.
–Bueno, escucha, hazme un favor: deja de hacerlo.
–Lo intentaré, pero no olvides que María está deseando relevarme.
Un buen día, mi mujer me sugirió la idea de que sería conveniente mandar a nuestro hijo al extranjero, concretamente a Inglaterra, con el fin de que aprendiese inglés, aunque, como ya he señalado al principio, Mikel solo tenía nueve años. Sin embargo, por entonces existía la creencia de que cuanto más jóvenes eran los críos, más fácil también era el aprendizaje del idioma. Los meses de verano parecían ser la época más idónea.
El sistema funcionaba de la siguiente manera: los padres pagaban “un pastón” por los viajes, la casa de acogida donde se iban alojar los pequeños, las clases y los gastos personales y, a cambio, los chavales no aprendían absolutamente nada de inglés y, en el caso de que alguno lo hiciera, solo aprendía unas pocas palabras que rápidamente olvidaba, para volver al año siguiente virgen otra vez, ya que según los expertos, la mejor forma de conocer un idioma es empezar de cero Decidimos que con un mes en un principio sería suficiente y elegimos el mes de julio.
El siguiente paso era el de notificarlo a mi hijo y, claro está, convencerle. Mi mujer me señaló que era yo el más indicado para hacerlo, porque era un asunto que debiera llevarse “entre hombres”. Yo contraataqué argumentando el grado de afinidad y complicidad que existen entre un niño y su madre. Me respondió que de acuerdo, pero que como no lo hiciera me iba a enterar de lo que valía un peine. Una vez más se demostró que el diálogo debe ser siempre un bien irrenunciable.
Elegí un domingo, valorando que ese día se puede odiar menos, por aquello de que es el día del Señor (me refiero a Dios).
Cité a Mikel en mi despacho. Entró desconfiado y mirando hacia los lados.
–Mira, hijo, hemos decidido tu madre y yo... –inicié la conversación.
–¿Quien ha decidido más? –me interrumpió.
–¿Qué más da? –contesté.
–No da lo mismo: tú decides mucho peor, cuando decides –comentó, esto último en tono más bajo. Yo hice como que no le había oído.
–Se trata de lo siguiente: tu madre y yo, de común acuerdo, hemos decidido mandarte el mes de julio a Inglaterra.
–¿Para qué?
–Para aprender inglés –respondí.
–¿Por qué no vas tú? Tú tampoco sabes. Y, además, yo ya sé bastante.
–¿Dónde has aprendido? –pregunté incrédulo.
–Con un amigo –respondió.
–¿Es inglés tu amigo?
–No, pero porque no quiere.
–¿Cómo? –grité irritado.
–Porque se podía haber racionalizado inglés.
–¿Quieres decir nacionalizado? –le corregí.
–Si hubiera querido decir eso, lo habría hecho.
–Bueno, pues, repítelo bien.
–“Racionalizado” –contestó de inmediato.
Era asombroso lo rápido que era cuando quería aprender, pero empezaba a enfadarme. Mi hijo tenía una táctica que consistía en plantearme situaciones surrealistas, táctica que le funcionaba conmigo; en cambio, con mi mujer, a la primera propuesta, le seguía un pescozón que le hacía bajar del mundo mágico que él intentaba crear. Yo nunca lo habría intentado, entre otras razones porque Inma me había advertido en múltiples ocasiones que a un niño no se le podía poner la mano encima jamás.
En vista del fracaso, decidí llevar el tema por otros derroteros.
–Mira, hijo, el inglés es muy importante. Cuando seas mayor me agradecerás el que te haya dado esta oportunidad.
–Para entonces, tú ya estarás muerto y no te lo podré agradecer y todo el día estaré pensando en cómo poder darte las gracias y no pararé de llorar, bueno sólo para comer y dormir.
Me asombró la perspicacia de Mikel para prever proyectos tan lejanos.
–Bueno, pues me las das ahora y tan contentos.
–No es lo mismo.
–Es inútil, te pongas como te pongas, ya está decidido.
Siguieron unos minutos de silencio, pero finalmente me preguntó:
–¿Cómo haré el viaje?
–¿A ti cómo te gustaría?
–En bici –respondió sin titubear.
–Pero si a Inglaterra hay más de mil kilómetros.
–Ya lo sé, pero mi bici es de carrera.
–Tardarías meses.
–Pero a cambio no contaminaría el ambiente y, además, la vuelta es cuesta abajo –argumentó.
–Bueno, en vista de tu falta de colaboración, hemos decidido por ti y hemos dispuesto que vayas en avión.
–Los aviones corren mucho y podemos pasarnos –me advirtió.
–No te preocupes ya le diré al piloto que eche el ancla –No me quedaba más remedio que ponerme a su nivel.– El vuelo dura dos horas –continué–, pero hay una diferencia con Londres de una hora.
–¿Quieres decir que si la diferencia fuese de dos horas, no haría falta ni montarme en el avión? –se notaba que buscaba una salida desesperadamente.
–No.
–¿Y dónde voy a vivir? –preguntó cambiando de tema.
–Mira, la agencia que hemos contratado te buscará una casa de acogida.
–He oído decir que en esas casas torturan a los niños se les tortura y los matan de hambre y a la vuelta los cambian por otro niño que, como es inglés, sabe muy bien el idioma y, aunque los padres le notan algo cambiado, como habla muy bien inglés, les compensa.
–¿Y quién te ha contado esa barbaridad?
–Un amigo mío del colegio me dijo...
–Vale –le interrumpí irritado–. Las experiencias personales de los amigos de Mikel, eran siempre terribles.
–Y si la comida de esa casa de recogida... –insistió.
–Acogida –corregí.
–Acogida –rectificó–. Bien, si la comida es muy mala, porque he oído decir que la comida inglesa es muy mala, a lo mejor tengo que pedir limosna.
–No hará falta, tendrás suficiente para tus gastos.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo.
Después de la promesa, dio por finalizada la conversación y se fue. Al poco tiempo, entró su madre, en su cara se reflejaba cierto grado de preocupación.
–¿Qué ha ocurrido? –me preguntó.
–Creo que lo sabes también como yo –respondí
–¿Por qué lo dices? –quiso saber.
–Porque has estado escuchando detrás de la puerta toda nuestra charla.
–Bueno alguna palabra me he perdido.
–Dime cuál y te la repito.
–Bueno, vale. ¿Qué te ha parecido? –preguntó.
–Pues que es obvio que no está por la labor –repliqué.
–Tendremos que ceder algo –planteó.
–Se me ocurre que… si en vez de un mes, lo cambiamos por un fin de semana y, en lugar de Londres, lo enviamos a Tudela, que está tocando, quizá terminara aceptando.
–¿Y que pasaría con el inglés? –me interrogó esperanzada.
–Eso sería lo de menos. Más tarde lo aprendería por señas –repliqué. Ella captó mi ironía.
–Es que cuando te pones burro, ¡qué naturalidad tienes!
–Mira, Inma, no hay más solución que cumplir con el plan que habíamos previsto –concluí.
–Es que es tan niño... –comenzó a sollozar. De pronto se le iluminó el rostro–: ¿Por qué no vas tú en vez de él y a la vuelta se lo cuentas todo?
–Esa posibilidad ya me la ha planteado Mikel –le informé.
–¡Qué listo es! –comentó orgullosa.
–¿Tú de qué parte estás? –le interrogué.
–Ya lo sabes: de la parte más débil, de la tuya.
Me emocioné...
–Me refiero mentalmente –aclaró.
Dejé de emocionarme.
–Otra solución sería mandarlo con su abuela. –No se daba por vencida.
–¿Con su abuela? –pregunté.
–Sí –respondió.
–Pero si tiene casi cien años, no me los imagino a los dos de acampada –comenté.
–Sabes que a la abuela eso no le gusta –respondió.
–Ni a Mikel tampoco –repliqué.
Yo creía que al fin se habían agotado todas las propuestas sensatas, así que pregunté:
–¿Lo dejamos aquí ya?
–Vale –murmuró.