Yo tuve  

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Yo tuve una vez un perro que se llamó Urki. Este libro narra su vida y, en parte, también la de la familia que le rodeó. Dicha familia, que es la mía, estaba y está formada por mi mujer, Inma, por mi hijo Mikel, mi hija María y por un servidor. Mis hijos siempre fueron unos críos encantadores, sobre todo por parte de madre: estudiosos, alegres, educados… en resumen, buena gente. Al comienzo de esta historia tenía Mikel nueve años y su hermana cinco, mi mujer más. Si hubiera que poner a mis hijos alguna pega, sería que mi Mikel, casi siempre en colaboración con su hermana, tenía la manía de llevarme la contraria.

En alguna ocasión le pregunté por el motivo de su actitud.

–No lo sé papá, me sale así. No tengo ningún mérito.
–Pero si no tienes que tener mérito.
–Bueno –contestó–, reconozco que al principio me tenía que esforzar, pero como tú dices, el esfuerzo siempre tiene recompensa.
–¿No comprendes que me puedes herir?
–Me extraña –respondió.
–¿Y eso?
–Porque, estando junto a ti, lo notaría.
–Bueno, escucha, hazme un favor: deja de hacerlo.
–Lo intentaré, pero no olvides que María está deseando relevarme.

Un buen día, mi mujer me sugirió la idea de que sería conveniente mandar a nuestro hijo al extranjero, concretamente a Inglaterra, con el fin de que aprendiese inglés, aunque, como ya he señalado al principio, Mikel solo tenía nueve años. Sin embargo, por entonces existía la creencia de que cuanto más jóvenes eran los críos, más fácil también era el aprendizaje del idioma. Los meses de verano parecían ser la época más idónea.

El sistema funcionaba de la siguiente manera: los padres pagaban “un pastón” por los viajes, la casa de acogida donde se iban alojar los pequeños, las clases y los gastos personales y, a cambio, los chavales no aprendían absolutamente nada de inglés y, en el caso de que alguno lo hiciera, solo aprendía unas pocas palabras que rápidamente olvidaba, para volver al año siguiente virgen otra vez, ya que según los expertos, la mejor forma de conocer un idioma es empezar de cero Decidimos que con un mes en un principio sería suficiente y elegimos el mes de julio.

El siguiente paso era el de notificarlo a mi hijo y, claro está, convencerle. Mi mujer me señaló que era yo el más indicado para hacerlo, porque era un asunto que debiera llevarse “entre hombres”. Yo contraataqué argumentando el grado de afinidad y complicidad que existen entre un niño y su madre. Me respondió que de acuerdo, pero que como no lo hiciera me iba a enterar de lo que valía un peine. Una vez más se demostró que el diálogo debe ser siempre un bien irrenunciable.

Elegí un domingo, valorando que ese día se puede odiar menos, por aquello de que es el día del Señor (me refiero a Dios).

Cité a Mikel en mi despacho. Entró desconfiado y mirando hacia los lados.

–Mira, hijo, hemos decidido tu madre y yo... –inicié la conversación.
–¿Quien ha decidido más? –me interrumpió.
–¿Qué más da? –contesté.
–No da lo mismo: tú decides mucho peor, cuando decides –comentó, esto último en tono más bajo. Yo hice como que no le había oído.
–Se trata de lo siguiente: tu madre y yo, de común acuerdo, hemos decidido mandarte el mes de julio a Inglaterra.
–¿Para qué?
–Para aprender inglés –respondí.
–¿Por qué no vas tú? Tú tampoco sabes. Y, además, yo ya sé bastante.
–¿Dónde has aprendido? –pregunté incrédulo.
–Con un amigo –respondió.
–¿Es inglés tu amigo?
–No, pero porque no quiere.
–¿Cómo? –grité irritado.
–Porque se podía haber racionalizado inglés.
–¿Quieres decir nacionalizado? –le corregí.
–Si hubiera querido decir eso, lo habría hecho.
–Bueno, pues, repítelo bien.
–“Racionalizado” –contestó de inmediato.

Era asombroso lo rápido que era cuando quería aprender, pero empezaba a enfadarme. Mi hijo tenía una táctica que consistía en plantearme situaciones surrealistas, táctica que le funcionaba conmigo; en cambio, con mi mujer, a la primera propuesta, le seguía un pescozón que le hacía bajar del mundo mágico que él intentaba crear. Yo nunca lo habría intentado, entre otras razones porque Inma me había advertido en múltiples ocasiones que a un niño no se le podía poner la mano encima jamás.

En vista del fracaso, decidí llevar el tema por otros derroteros.

–Mira, hijo, el inglés es muy importante. Cuando seas mayor me agradecerás el que te haya dado esta oportunidad.
–Para entonces, tú ya estarás muerto y no te lo podré agradecer y todo el día estaré pensando en cómo poder darte las gracias y no pararé de llorar, bueno sólo para comer y dormir.

Me asombró la perspicacia de Mikel para prever proyectos tan lejanos.

–Bueno, pues me las das ahora y tan contentos.
–No es lo mismo.
–Es inútil, te pongas como te pongas, ya está decidido.

Siguieron unos minutos de silencio, pero finalmente me preguntó:

–¿Cómo haré el viaje?
–¿A ti cómo te gustaría?
–En bici –respondió sin titubear.
–Pero si a Inglaterra hay más de mil kilómetros.
–Ya lo sé, pero mi bici es de carrera.
–Tardarías meses.
–Pero a cambio no contaminaría el ambiente y, además, la vuelta es cuesta abajo –argumentó.
–Bueno, en vista de tu falta de colaboración, hemos decidido por ti y hemos dispuesto que vayas en avión.
–Los aviones corren mucho y podemos pasarnos –me advirtió.
–No te preocupes ya le diré al piloto que eche el ancla –No me quedaba más remedio que ponerme a su nivel.– El vuelo dura dos horas –continué–, pero hay una diferencia con Londres de una hora.
–¿Quieres decir que si la diferencia fuese de dos horas, no haría falta ni montarme en el avión? –se notaba que buscaba una salida desesperadamente.
–No.
–¿Y dónde voy a vivir? –preguntó cambiando de tema.
–Mira, la agencia que hemos contratado te buscará una casa de acogida.
–He oído decir que en esas casas torturan a los niños se les tortura y los matan de hambre y a la vuelta los cambian por otro niño que, como es inglés, sabe muy bien el idioma y, aunque los padres le notan algo cambiado, como habla muy bien inglés, les compensa.
–¿Y quién te ha contado esa barbaridad?
–Un amigo mío del colegio me dijo...
–Vale –le interrumpí irritado–. Las experiencias personales de los amigos de Mikel, eran siempre terribles.
–Y si la comida de esa casa de recogida... –insistió.
–Acogida –corregí.
–Acogida –rectificó–. Bien, si la comida es muy mala, porque he oído decir que la comida inglesa es muy mala, a lo mejor tengo que pedir limosna.
–No hará falta, tendrás suficiente para tus gastos.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo.

Después de la promesa, dio por finalizada la conversación y se fue. Al poco tiempo, entró su madre, en su cara se reflejaba cierto grado de preocupación.

–¿Qué ha ocurrido? –me preguntó.
–Creo que lo sabes también como yo –respondí
–¿Por qué lo dices? –quiso saber.
–Porque has estado escuchando detrás de la puerta toda nuestra charla.
–Bueno alguna palabra me he perdido.
–Dime cuál y te la repito.
–Bueno, vale. ¿Qué te ha parecido? –preguntó.
–Pues que es obvio que no está por la labor –repliqué.
–Tendremos que ceder algo –planteó.
–Se me ocurre que… si en vez de un mes, lo cambiamos por un fin de semana y, en lugar de Londres, lo enviamos a Tudela, que está tocando, quizá terminara aceptando.
–¿Y que pasaría con el inglés? –me interrogó esperanzada.
–Eso sería lo de menos. Más tarde lo aprendería por señas –repliqué. Ella captó mi ironía.
–Es que cuando te pones burro, ¡qué naturalidad tienes!
–Mira, Inma, no hay más solución que cumplir con el plan que habíamos previsto –concluí.
–Es que es tan niño... –comenzó a sollozar. De pronto se le iluminó el rostro–: ¿Por qué no vas tú en vez de él y a la vuelta se lo cuentas todo?
–Esa posibilidad ya me la ha planteado Mikel –le informé.
–¡Qué listo es! –comentó orgullosa.
–¿Tú de qué parte estás? –le interrogué.
–Ya lo sabes: de la parte más débil, de la tuya.

Me emocioné...
–Me refiero mentalmente –aclaró.

Dejé de emocionarme.
–Otra solución sería mandarlo con su abuela. –No se daba por vencida.
–¿Con su abuela? –pregunté.
–Sí –respondió.
–Pero si tiene casi cien años, no me los imagino a los dos de acampada –comenté.
–Sabes que a la abuela eso no le gusta –respondió.
–Ni a Mikel tampoco –repliqué.

Yo creía que al fin se habían agotado todas las propuestas sensatas, así que pregunté:
–¿Lo dejamos aquí ya?
–Vale –murmuró.
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Los preparativos  

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Aún mantuve otra reunión más con mi mujer. En ella tratamos los preparativos del viaje a Londres. Decidimos que Mikel viajara en avión, en un vuelo directo Madrid–Londres.

–Debemos elegir la agencia que nos proporcione la casa de acogida, las clases y alguna cosa más que ahora se me escapa –expliqué a mi mujer.
–Siempre se te escapa algo –comentó desabrida.
–Algún día seré yo quien me escape –respondí dolido.
–¿Tú, escaparte?
–Sí, aunque sólo sea un rato –respondí.
–¿Media hora? –ironizó.
–Más o menos –contesté, ya entregado.

Al fin dimos el tema por zanjado y decidimos reunirnos próximamente, pues ya estábamos en mayo, para ultimar todos los detalles.

Entretanto existía un asunto que no por no haberlo tocado era menos importante, me refiero al pasaporte de Mikel. Así que unos días más tarde, cuando comíamos, le comenté a Mikel la necesidad de conseguirlo.

–¿Y eso para qué es? –preguntó, como siempre buscando la finalidad de las cosas.
–Para poder entrar en Inglaterra –contesté.
–¿Y para salir necesito otro?
–No, vale el mismo.
–Yo quiero otro –exigió María.
–A ti no te hace falta –contesté.
–Ya te dejaré el mío –se ofreció generoso Mikel.
–No le valdría– le interrumpí.
–¿Por qué? –preguntaron al unísono.
–Porque son documentos que se extienden a título personal.
–Jesús, no tomes más vino que luego no se te entiende –me advirtió mi mujer.
–Eso –corroboró Mikel.
–Quiero decir que el pasaporte lleva una foto que te identifica.
–Puede estar movida –añadió mi hijo.
–A una amiga mía, siempre le salían las fotos movidas –aportó su experiencia mi mujer.
–Porque tenía Parkinson –maticé.
–No metas a Parkinson en esto –respondió airada.
–Bien –intenté reconducir el tema–. Te sacas las fotos, Mikel, y asunto concluido.
–¿Cuántas? –preguntó.
–Cuatro –respondí.
–¿Y en todas tengo que estar quieto?
–Si.
–¿Sin respirar?
–Si.
–Saldré muerto.
–Entonces servirán.
–¿Por qué? –replicó.
–Porque no saldrán movidas –respondí exasperado
–¿Las fotos son de frente o de espaldas? –quiso saber mi hijo.
–¿Cómo vas a sacarte una foto de espaldas? –le respondí airado.
–Pues dándome la vuelta.
–Vale –cambié de tema–. Me he puesto contacto con una agencia seria que proporcionará todos los medios necesarios, entre ellos la casa de acogida.
–¿Y cómo sabes que era una agencia? –preguntó mi hijo.
–Porque me informé –repuse.
¿–Y por qué era seria? –esa vez le tocó el turno a María.
–Por el aspecto respondí.
–Pero eso no basta: mira tú el “espectro” que tienes –me humilló la dulce niña.

No me quedaron fuerzas ni para corregirle lo del “espectro”.

Esta vez mi mujer se compadeció y me echó una mano:
–Papá no parecerá serio por fuera, pero por dentro es... –no pudo concluir y soltó la gran carcajada.

Respiré aliviado y agradecido.

Unos días más tarde, la agencia me comunicó que tenían contratada a una familia que se prestaba como casa de acogida. Se trataba de un matrimonio inglés con dos hijos y vivían en Londres, parecían buena gente. No me dieron más detalles. .A finales de junio recibí el billete de avión y la fecha de salida: el día 1 de julio a las cuatro de la tarde desde el aeropuerto de Madrid.

La llegada a Madrid corría por nuestra cuenta, por lo que saqué tres billetes para un tren que salía de mi ciudad a las siete de la mañana y llegaría a Madrid hacia las once, de manera que nos daría tiempo para comer y dar una vuelta por la capital de España, hasta la hora del despegue.

Llegó el día de la marcha. Mi mujer con aire triste –nunca lloraba o al menos yo nunca le había visto– preparó la maleta. Había comprado un regalo para el marido inglés –una buena botella de coñac– y para su mujer –una escultura de Lladró que representaba a un ángel en actitud pensativa–. Mi hijo se empeñó en llevar la bolsa de los regalos. Fue una mala decisión: Mikel comenzó a dar giros a la bolsa simulando, según decía él, las hélices de un avión. Pronto oímos un chasquido sospechoso, consecuencia lógica de la violenta colisión que sufrió la mencionada bolsa con el canto de una puerta. Al deshacer el paquete, para valorar el alcance de los daños, observamos con gran consternación que la botella se había hecho añicos y desprendía tan fuerte olor a licor que impregnaba hasta nuestras ropas. La escultura tampoco había corrido mejor suerte: el ángel había perdido sus alas.

–¿Y ahora qué hacemos? –susurró mi mujer.
–¿Qué les decimos a los ingleses? –añadí yo.
–Ya sé lo que podemos decirles –propuso el autor del desaguisado.
–¿Qué? –pregunté con un ápice de esperanza.
–Pues muy sencillo: que hacía mucho calor y, como teníamos mucha sed, nos hemos tenido que beber la botella. Yo, menos porque soy un niño –añadió sin inmutarse.
–¿Y lo del ángel? –inquirió su madre esperanzada, no sé por qué
–Pues que es un ángel que está tan pensativo que no sabe dónde se le han podido extraviar las alas.

Perdí hasta el ápice.
–Hijo, son ingleses normales –le aclaré.

Finalmente, llegamos a Madrid. Nuestras ropas esparcían un olor a coñac insoportable.

Ya en el restaurante, el maître se dirigió a mí y, muy cortés, me propuso:
–Los señores sólo tomarán agua, ¿verdad?

La despedida en el aeropuerto fue como tenía que ser: dramática.
– ¡Llámanos en cuanto llegues! –le repitió su madre por enésima vez.

Después de abrazarlo, nuestro hijo se dirigió con su pequeña maleta hacia la puerta de embarque. Ni una vez se volvió. Nunca como entonces comprendí mejor el significado de la palabra despegue.

Una hora después nos encontrábamos, mi mujer y yo en el tren que nos devolvía a nuestra casa. Durante todo el trayecto permanecimos tristes y silenciosos.
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Urki  

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No nos habíamos cambiado todavía de ropa, cuando sonó el teléfono con un sonido que me pareció el más estridente escuchado hasta entonces. Inmediatamente sospeché que se trataba de nuestro hijo y lo descolgué temblando.

–¡Papá! ¡Sácame de aquí! –se oyó una voz desgarradora al otro lado de la línea.
–Pero hijo... –balbuceé.
–¡Sácame! –El tono se había vuelto, además de imperioso, desgarrador.
–¡Pero hijo, cálmate!
–Papá o me sacas o me saco yo. –No sé qué quiso decir.
–Pero hijo, si sólo es un mes –le repliqué.
–¿Un mes? No aguanto ni una merienda.

Traté de llegar a un acuerdo de mínimos.
–Mira, Mikel, si aguantas un mes, sólo un mes… –No se me ocurría nada. De pronto me vino la luz.
–Te compro un perro –lo dije sin calcular las consecuencias de mi oferta.

Se hizo tal silencio que se oía respirar a las telefonistas.
–¿Un perro? –resonó la voz por el otro lado, esta vez el tono era más apacible y tranquilo.
–Sí –contesté, ya arrepentido.

No había nada más que añadir, tenía perdida la partida: un miserable chucho me había ganado. Colgué.
Me dirigí a mi mujer, quien junto con mi hija, había oído toda la conversación.
–Lo siento: he perdido –comenté.
–Lo tienes bien merecido –sentenció María.
–¿Qué dices? –contesté.
–Ya lo sabes, ha pasado lo que tenía que pasar: los ingleses han secuestrado a Mikel y ahora tienes que comprarles un perro para que lo suelten.
–Hija, no has entendido nada. El perro es para nosotros–le expliqué.
–¿Para nosotros? –exclamó llena de alegría.
–Sí –contesté.

Ha llegado el momento de aclarar a los lectores a qué viene eso del perro. Pues bien el asunto traía cola, valga la redundancia, desde hacía tiempo.

Mis hijos, y creo que su madre también, eran furibundos partidarios de la adquisición de un can. Yo, por el contrario, no era partidario de tener animales en casa, salvo, claro está, a mis hijos. Encajaba de forma elegante los embates que ellos me dirigían cada vez que me proponían comprar un perro, pero en esa elegancia iba encerrada una rotunda negativa.

Una mañana de domingo, lo recuerdo bien porque al día siguiente era lunes, mi hija, estratégicamente enviada por su hermano Mikel, me interpeló:

–Papá me gustaría hablar contigo, de hombre a hombre…–Evidentemente la frase no era de su cosecha, pues se había inspirado en la dialéctica de su hermano.
–De acuerdo –contesté.
–Creo que necesitamos un perro.
–¿Por qué? –le pregunté.
–Por los ladrones –me contestó.
–No creo que a los ladrones les guste tener un perro –respondí haciéndome el estúpido. A veces no me costaba mucho.
–No, papá, es al revés, es a los perros a los que no les gustan los ladrones.
–¿Y tú cómo lo sabes?
–Porque los perros odiaban al padre de una niña de mi clase que era ladrón.
–¿Y cómo sabes que era ladrón?
–Porque, como ya te he dicho, los perros no le podían ni ver.

Mi hijo, que asistía silencioso a nuestro sublime diálogo, decidió que era el momento de intervenir.
–Verás, papá, es que además mamá va a tener una depresión si no lo compramos.– Mi mujer, Inma, nunca había formado parte de la conjura pro mascota, aunque no pondría yo la mano en el fuego.
–¿Y que es una depresión? –pregunté.
–No sé, pero una profesora de mi colegio tuvo una y lleva ya diez años de baja.
–Que le compren un perro –sugerí.
–Pero ahora ya es tarde, porque el perro cogería otra –replicó Mikel.
–¿Con una no les bastaba para los dos? –ironicé.
–Por lo visto no –respondió.

De pronto, oímos a mi mujer cantar, su voz llegaba fuerte y alegre, a través del pasillo.
–No parece que esté muy triste– comenté.
–A lo mejor canta para no llorar.–especuló Mikel.
–Yo misma lo hago –añadió mi hija–. Muchas veces crees que, por oírme cantar, estoy contenta, pero me echaría a llorar.
–¿Y cuándo te ocurre eso?
–Sobre todo por las mañanas.
–¿Y por qué por las mañanas? –le pregunté pasmado.
–Porque se tienen más fuerzas y se llora mejor.

Profundamente impresionado por el conocimiento tan profundo que de la etiología del llanto mostraba mi hija, me atreví a comentar:
– Pues a mí nunca me ha ocurrido eso.
–Es que sólo les pasa a las personas –matizó mi hijo.
–Y también creo que a los perros –puntualizó María, quitándome toda esperanza de cualquier identificación en el reino animal.
–¿Qué respondes, papá? –preguntaron casi al unísono mis futuros herederos.
–No sé, pero me habéis dejado con ganas de llorar –dramaticé.
–Pues espera a mañana, porque hoy ya es tarde –me aconsejó Mikel.

Casi se me cayeron las lágrimas por su comprensión.
–Bueno, os prometo que lo tendré en consideración –concluí por decir algo.
–¿Y eso que quiere decir? –exigió saber María.
–Pues que no piensa comprarlo –afirmó sabiamente Mikel.

Y después de tanta resistencia numantina por mi parte, había acabado cediendo

El mes de julio transcurrió rápidamente, sin saltarse ni un solo día como suele ocurrir. Diariamente charlábamos con nuestro hijo, pero se mostraba poco expresivo, aunque eso sí, al terminar la charla, me preguntaba si mantenía la promesa de la compra del perro y yo le contestaba siempre afirmativamente. Llegó por fin el final de aquel mes y yo mismo me encargué de acudir a recogerlo al aeropuerto.

Esperé allí su aparición tan deseada. Pronto se abrió la puerta de la salida de viajeros y entre ellos apareció Mikel. Me pareció más delgado, me vio y una sonrisa le partió la cara en dos, se dirigió corriendo hacia mí y, al llegar a unos pocos metros, se detuvo en seco.

–¿Sigue en pie lo del perro? –me preguntó.
–Si –contesté.

Se me abrazó con tal vigor que me costó desasirme. Cuando lo conseguí, le pregunté:
–¿Si te hubiera dicho que no, no me habrías abrazado?
–Sí, pero no con tanta fuerza –contestó.

Salimos del aeropuerto alborozados y, antes de tomar el tren de vuelta a casa, le invité a comer al restaurante donde habíamos comido a la ida, pero esta vez el maître no nos comentó nada acerca de la bebida: en un mes se olvida cualquier olor.

Una vez en el tren, nos acomodamos en uno de sus vagones y me dispuse a sonsacar a Mikel todo lo relacionado con su estancia londinense.

–¿Qué tal la comida en la casa de acogida? –le pregunté.
–Asquerosa –me respondió.
–Algo tendría de bueno –comenté.
–Sí –replicó.
–¿Qué?
–Que era escasa.
–¿Qué comías entonces?
–Hamburguesas... Miles de hamburguesas, por supuesto fuera de casa.
–¿Te llegaba el dinero?– pregunté.
–Ahorraba por otro lado.
–¿Qué otro lado? –exclamé asombrado.
–Por el transporte en el metro. No pagaba nunca.
–¿Y eso?
–Resulta fácil, bueno, al menos para mí, porque al alemán le cogían siempre.
–¿Qué alemán?
–El otro chico que estaba conmigo en la casa de acogida.
–Nunca hablaste de él –comenté
–Ni con él.
–¿Y eso?
–Porque no sabía español.
–Ni tú, alemán.
–Pues por eso –y cortó el tema.
–¿Y la familia inglesa? –le volví preguntar.
–El marido se echaba cada eructo... –recordó con una mezcla de envidia y nostalgia.
–¿Le entendías algo?
–No. Porque creo que se los echaba en inglés.
–¿Y los hijos?
–El mayor estaba aprendiendo –respondió.
–¿Aprendiendo...?
–Si, a echárselos, pero decía que con cerveza salían mejor, pero como a él no le dejaban beber...
–Comprendo –asentí
–¿Y el más pequeño?–pregunté.
–Me llevaba muy bien con él. Todos los días nos pegábamos.
–¿Y la madre? –insistí.
–Era la mejor de todos, por las noches siempre me despedía con un beso.
–No le cuentes eso a tu madre –le advertí.
–¿Por qué?
–Por nada.
–¿Ibais a algún a algún oficio religioso?
–Sí, a una iglesia “protestona”.
–Protestante –corregí.
–No, yo no protestaba. Total, yo no entendía nada y me quedaba dormido.

Al fin decidí a informarme del tema que se suponía debía ser el más importante, me refiero al idioma.
–¿Qué tal con el inglés? –pregunté.
–Me defiendo –contestó.
–¿Cómo? –indagué.
–Cuando me atacan –me aclaró.
–¿Qué quieres decir?
–Pues es muy sencillo –respondió–: cuando me hablan en inglés, creo que lo hacen por fastidiar y, para vengarme, no contesto, pero tampoco podría ya que no entiendo nada.
–Pero alguna palabra habrás aprendido
–Alguna palabra suelta sí, pero muy suelta –concretó–, pero me temo que como tú no sabes nada, al no poder practicar, se me acabarán olvidando todas, las sueltas, y las atadas. –Me quedé estupefacto, mi hijo continuó–: No sabes lo difícil que es. Además, como somos tanto los que estamos aprendiendo, se está agotando y casi ya no queda inglés para enseñar. Bueno, eso es lo que dice un amigo mío.

La explicación parecía clara, resultaba increíble como yo no había caído antes.
–¿Hicisteis alguna excursión? –pregunté
–Sí a un sitio donde nació un tío que no paraba de escribir, se llamaba algo así como Scasscasscascascas.... –le interrumpí, porque se empezaba ahogar.
–Shakespeare – le aclaré.
–Eso – respiró aliviado.

Llegamos a casa, nos esperaban ansiosas mi mujer y María. Después de los consabidos abrazos, mi hijo se dirigió a su madre y le dijo:
–La señora de la casa de Londres me daba un beso todas las noches.
–¿Todas? –preguntó nerviosa.
–Bueno, todas no –contestó Mikel.

Mi mujer solo suspiró y no hizo más comentario Yo me retiré a descansar. Ellos se quedaron hablando hasta muy entrada la noche.

Al día siguiente, como era de esperar, Mikel sacó el tema del dichoso perro. Por lo visto había adquirido amplia información acerca del perro más idóneo para nosotros.

–¿Cuál es la marca de perro más apropiada para nosotros? –pregunté.
–Papá, no se dice marca. Eso es para los coches. Se dice raza.
–Pues, raza blanca, como nosotros –respondió mi mujer, que aun tenía menos idea que yo.

Mi hijo, que hizo como que no la había oído, nos ilustró:
–Golden Retriever –dijo.
–¿Y eso que es? –pregunté.
–Retriever significa cobrador –aclaró Mikel.
–Para eso ya tenemos el Banco –contesté, haciendo infinita mi ignorancia
–Papá, cobrador se refiere a que antes era un perro de caza muy bueno y cobraba las piezas de caza de maravilla, pero ahora –continuó– se ha convertido en perro de compañía, así que atiende a personas como tú, papá: ancianos, discapacitados...

Bueno perdona, papá, ya sé que tú no eres un anciano
–Gracias –repliqué emocionado.
–¿Y el nombre? ¿Qué nombre le pondrías papá?
Sabía que la pregunta tenía trampa, a pesar de eso respondí:
–Guau.
–¡¿Guau?! –exclamaron los hijos al unísono.
–Guau Guau –me reafirmé.
–¿Guau? –volvieron a preguntar.

Durante unos segundos, la jauría enmudeció.
–Guau no es nombre de perro –afirmó Mikel rompiendo el silencio.
–¿Entonces me lo habéis preguntado para que hiciese el ridículo?
–Sí –contestaron solidariamente.
–Pues habéis de saber que los perros se llaman Guau entre ellos –afirmé ante una concurrencia absolutamente incrédula.
–Para el caso que se hacen... –comentó mi hija.
Urki, le pondremos Urki –afirmó Mikel–. Viene del euskera y significa abedul.
–¿Y abedul de dónde viene? –quiso saber María.
–El abedul no viene de ningún lado: está parado porqué está plantado, es un árbol –aclaró
–¿Y qué significa abedul? –insistió su hermana.
–En euskera, Urki –declaró ufano el filólogo de la casa.
–¿Dónde lo compraremos? –pregunté.
–En un pueblo de Aragón. El nombre lo tengo escrito en una libreta –replicó Mikel.
–Vale –contesté–, pero antes de dar el visto bueno, exijo tres condiciones.
–¿Cuáles? –preguntó mi hijo.
–La primera es que sea de tamaño pequeño. La segunda, que tenga color negro y, finalmente, que su conducta sea dócil y obediente.
–De acuerdo –contestaron

Con el tiempo se convirtió en un perro de color blanco y de enorme tamaño –recordaba al caballo de Pancho Villa– y, por supuesto, nunca me obedeció.

El pueblecito donde acudimos para adquirir la mascota se encontraba en el Pirineo aragonés. Hicimos el viaje los tres en un solo día. María se quedó esperándonos.
La dueña del establecimiento donde se adquirían los animales, que ya estaba advertida de nuestra llegada, nos llevó a una caseta donde se suponía que se encontraba nuestra futura mascota.

–Su madre ha tenido anoche ocho cachorros y se encuentran todos dentro –nos informó, mostrándonos la caseta.

Pronto hicieron su aparición los perrillos, eran preciosos, blancos y se apiñaban, juguetones, unos contra otros.
–¡Pero sólo hay siete! –señaló Mikel.
–Esperen un momento –respondió la señora. Pasaron unos segundos y apareció el octavo. Aquél era el más gordo, debía de haber acabado de comer porque arrastraba una tripa enorme que rozaba el suelo. Parecía apático y displicente.
–¡ÉSTE! –dijimos los tres.

Y en ese momento comenzó nuestra entrañable experiencia con la mascota que llamamos Urki. Todavía no me puedo explicar la coincidencia tan completa de nuestra elección.
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Su primer año  

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La primera noche lo colocamos en la cocina. Y la pasó llorando, añorando a su madre, de la que se había separado bruscamente. Mi mujer, conmovida, decidió que en adelante dormiría en una habitación adyacente a nuestro dormitorio. Primer error: el perro prosiguió con su llanto, pero además con más dedicación y entusiasmo. Inma, conmovida de nuevo, dispuso que pasara la noche en nuestro cuarto. Fue el segundo error, al que le seguiría un tercero, al permitir que durmiese en su cama. Al principio no hubo problemas, pero cuando creció ocupaba casi la totalidad del lecho, lo que obligaba a la pobre Inma a aferrarse desesperadamente a cualquier asidero para evitar caer al suelo. Además, por si fuera poco, antes de dormirse Urki tenía la costumbre de buscar en la cama un acomodo blando y, cuando lo encontraba, se desplomaba como herido de muerte sobre el dolorido cuerpo de Inma cuya única respuesta era un profundo suspiro.

Una de las empresas que acometimos primero fue concertar una visita con el veterinario que se ocuparía de la salud de Urki. Mikel había oído hablar de uno que tenía la consulta cerca de nuestra casa, así que pasados unos días nos pusimos en contacto con él y nos dio cita, así que allí acudimos la familia en pleno y el cachorro.

El veterinario era un profesional joven, muy atento y cordial. Nos propuso, entre otras medidas, administrarle unas vacunas, además de un chip para permitir su identificación.

–¿Qué es un chip? –preguntó mi hija.
–Un aparato para poder identificarlo –contestó el profesional.
–Pero si nosotros ya lo conocemos –replicó la experta.
–Por si se pierde –respondió con paciencia el veterinario.
–¿El chip? –contraatacó la de siempre.
–No, el perro –contestó el santo Job.
–Pero si se pierde el perro, también se pierde el chip –nos aclaró la innombrable. Job era ya sólo un recuerdo.
–¿Y donde se lo vas a poner?
–En la oreja – respondió el recuerdo.
–¿Para que lo oiga?
–Los chips no se oyen –intervino Mikel.
–Bien –retomó la palabra Juan, que era el nombre del veterinario–, os voy a proporcionar unos mínimos conocimientos acerca del comportamiento de Urki en el futuro, con objeto de que vuestras relaciones sean lo más correctas. Habéis adquirido un perro que se caracteriza por ser muy cariñoso, amante de los niños y muy juguetón. Tiene una necesidad innata de complacer a su adorado dueño –dirigió su mirada hacia mí–, al que distingue de los demás y siempre lo identifica.

Sus palabras me ilusionaron, pues en mi casa, nunca me habían distinguido. Con el tiempo siguió sin suceder: Urki nunca me consideró su dueño.
–¿Y la comida? –preguntó mi mujer.
–Debe acostumbrarse a unos horarios fijos
–Como los nuestros –fabuló mi hijo.
–¿Y el tipo de alimentación? –la pregunta era mía.
–Pienso, siempre pienso –respondió Juan.
–Yo, cuando duermo, no –nos ilustró la hija, que no había entendido nada, como siempre.
–¿Cuántas veces al día hacen sus necesidades? –interpeló Inma.
–Depende –dijo Juan–, pero tenéis que acostumbrarle a que las haga a una hora fija.
–¿Y cómo sabrá el perro la hora? –preguntó, ya os imagináis quién.
–Pues mirando el reloj, boba –contestó el otro.

Mientras tanto, Urki ya se había hecho sus necesidades líquidas y sólidas sobre la camilla donde le había puesto el veterinario y para mí que no había consultado el reloj.

Pasaron los días y fuimos asistiendo al desarrollo de las capacidades de nuestro perro. Un buen día Mikel observó algo que nos había pasado desapercibido:
–Papá, ¿te has dado cuenta de que Urki no ladra nunca?
Era verdad. Yo no sé por qué razón nunca lo habíamos oído proferir el menor ladrido.
–Podíamos ponerle un profesor particular –comentó la que seguía siendo filóloga
–Hija –le contesté–, no conozco, ni he oído hablar de nadie que se dedique a enseñar a ladrar a los perros.
–Es que a lo mejor no los conoces –apuntó Mikel– porque esos profesores solo saben hablar en perrés.
–¿Perrés? –exclamé sorprendido.
–Sí, es el idioma de los perros –contestó con suficiencia.
–Perdona, no lo sabía –repliqué con humildad.

Sin embargo, todo hay que decirlo, a cambio de la ausencia de ladrido, Urki profería unos sonidos guturales que nunca pude identificar con algo conocido.

Solía producirlos bajo dos condiciones bien distintas: una, cuando quería algo como comida, bebida, algún juguete suyo, etcétera; la otra era impredecible, acontecía ocasionalmente. En ambas situaciones, para emitir el susodicho sonido, adoptaba una posición particular: se sentaba sobre sus patas traseras –sobre las delanteras resulta muy difícil sentarse–, extendía la cabeza hacia atrás todo lo que podía y comenzaba a proferirlo con enorme pasión y sentimiento, pero la postura le resultaba tan antifisiológica que terminaba atragantándose, con la consiguiente tos y, en ocasiones, vómito… Resultaba patético.

Mi mujer, ¿experta? en estas actitudes, nos explicaba científicamente que lo que Urki intentaba era comunicarse con sus lejanos ancestros, posiblemente los lobos, pero debían de ser muy lejanos porque nunca escuchamos contestación alguna. En el transcurso de su primer año de vida, uno de los aspectos más relevantes del comportamiento de Urki es el relativo a su alimentación. Como ya nos había advertido Juan, el veterinario, Urki pertenecía a una raza de perros muy glotones y el nuestro no era una excepción: comía constante y continuamente, el tipo de sustancias que ingería era muy diverso, pero podíamos dividirlas en dos grandes grupos, comestibles y no comestibles. Entre los primeros estaba el pienso obligatorio y otros que en principio los tenía prohibidos pero ante los que hacíamos la vista gorda: carne, pescado, garbanzos, todo tipo de frutas y verduras, era insaciable. Cuando terminaba de comer expulsaba unos ruidosos eructos que eran la envidia de Mikel y le traían a la memoria recuerdos de su anfitrión inglés. Las sustancias no comestibles eran todas –mi hijo decía que era omnívoro y su hermana añadía porque comía hasta omnis–, todo servía: juguetes, bufandas, toallas, algún sujetador y varias bragas –tenía auténtica fijación por ellas, pero se convirtió en un auténtico especialista en mis pijamas, hacía presa en los botones y los arrancaba con muchísima delicadeza, arrancaba también el trozo de tela a la que estaban cosidos, de forma que cuando acababa la faena, tenía ojales dobles alineados unos frente a otros. Mi mujer nunca se enfadaba, entre otras razones porque la prenda no era suya –me refiero a mis pijamas– y me aconsejaba que introdujese los cuatro dedos de mi mano a través de las parejas de agujeros para conseguir una cierta atadura. Yo, encima, le obedecía como un tonto y terminaba dando la imagen de Napoleón en el momento de su mayor decadencia.

Nunca supimos el origen de tal comportamiento –como el de tantos otros–. El veterinario, al que en alguna vez consultamos, nos explicó que era para hacerse notar. Yo intenté explicar al perro que ya lo notábamos, pero ni por ésas.

Urki recibió a lo largo de su corta vida un sinfín de regalos y los guardábamos en un cesto. Eran de múltiples tamaños y formas: unos imitaban huesos, otros semejaban animalitos como gatos, perro ranas, etcétera. En general los despreciaba olímpicamente, pero había otros a los que prestaba más atención: una especie de hamburguesa que nuestro perro mordía y mordía sin saber que era una hamburguesa, puesto que nunca en su vida conoció algo semejante; otro artefacto, su preferido, era una especie de cuerda que estaba entrelazada en múltiples nudos y que nuestra mascota se dedicaba a desenredar. En ocasiones lo conseguía y de sus dientes colgaban algunas de las hebras que a veces se tragaba, produciéndole arcadas y, una vez más, vómitos.

Pero la estrella de todas sus propiedades era, sin duda alguna, LA PELOTA. Se trataba de un juguete que en un principio fue redondo pero que, debido a las múltiples dentelladas de su amo, perdió su redondez. Aquella pelota estaba recubierta de varias capas de materiales diferentes que el perro había ido desbrozando de tal forma que su superficie era irregular y llena de oquedades y, debido a estas anomalías, sus botes resultaban imprevistos, lo que despistaba aún más a nuestro poco diestro Urki. Con frecuencia, cuando yo estaba comiendo, acudía obsequioso con la susodicha pelota en la boca y la depositaba, después de subirse a una silla, sobre mi plato de sopa, procurando siempre que cayese de la mayor altura posible para conseguir también el mayor grado de salpicadura posible. Ante mi lógico enfurecimiento, mi mujer me intentaba calmar con frases como “Es que quiere hacerse notar” o “Total, ya casi estabas acabando”. Estoy seguro de que no se refería a mi paciencia.

Otra de las características que mostraba nuestra mascota Urki es que, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los perros, la naturaleza no le había dotado de ningún tipo de destreza. Cualquier orden que recibía, viniese de quien viniese, la escuchaba atentamente y luego hacía todo lo contrario: si le pedíamos que se sentara, se echaba, y si le solicitábamos que se echase, se ponía en pie, como impulsado por un resorte. Parecida suerte ocurría cuando le requeríamos para que nos diese un beso, pues se daba la vuelta olímpicamente o echaba un eructo. La mayor decepción acaecía cuando le echábamos algo de comida para que lo atrapase al aire: nunca se fijaba en lo que tenía en frente y se lanzaba impetuoso a la recogida del alimento hasta darse con una silla, con la pared o con cualquier elemento que se interpusiese entre él y la ansiada comida. Por ello desistimos de esta maniobra y decidimos darle todo con la mano, directamente a su boca. Bueno, pues así también fallaba, ya que casi siempre no hacia distinción entre la vianda y la mano que la portaba, con el consiguiente mordisco. Yo lo achaqué más que a un error de cálculo, a que Urki creía que todo iba en el lote.

Podría continuar contando más sobre sus “no destrezas”, pero temo que un día pudiese enterarse de que las he ido comentando y ridiculizando, buenos son los perros...

En fin, así y sin más novedades fue transcurriendo el primer año de su vida, que se nos hizo muy corto.
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El pueblo  

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Habíamos adquirido el perro en septiembre. En el mes de julio del siguiente año, decidimos pasar el verano en un pueblecito cerca de la ciudad donde residíamos. Allí mi mujer poseía una casita con un jardín y una pequeña piscina. En aquel solían transcurrir nuestras vacaciones y más este año, pues consideramos que era muy apropiado para nuestro Urki, ya que allí disponía de espacios abiertos para poder entretenerse.

Se trataba de un pueblecito de una seiscientas almas con sus respectivos cuerpos rodeado por suaves colinas, salvo por el norte, por donde entraba, cuando soplaba, un cierzo que dejaba los susodichos cuerpos transidos de frío. A las almas también, pero menos por estar más abrigadas. Por lo demás, se disfrutaba de un ambiente apacible y tranquilo: a fin de cuentas era, y sigue siendo, un pueblo encantador.

Durante los meses que siguieron a la llegada de Urki, mi mujer se preocupó de sacarlo mañana y tarde para que el perro hiciese sus necesidades, pero llegado el verano se hartó de semejante obligación y decidió que en el pueblo tendríamos que turnarnos. Para ello nos reunimos la familia al completo y decidimos buscar la solución ideal.

–Yo pienso que lo mejor es echarlo a suertes –opinó mi mujer.
–¿De qué manera? –pregunté.
–Por sorteo.
–¿Cómo? –pregunté.
–Pues muy sencillo, metemos en un bolso nuestros nombres escritos en unos papeles y, en otro, introducimos los días de la semana y los vamos emparejando. Sacaremos primero el de las personas y a continuación el de los días.
–De acuerdo –opinamos todos.
–Al ser siete días, a uno sólo le tocará pasearlo un día –adelanté yo.
–Pues mejor para él –opinó Mikel.

Mi mujer se ocupó de llevar a cabo los preparativos. En el primer bolso figuraban nuestros nombres y, en el segundo, los días de la semana.
–¿Quien saca los papeles? –preguntó Mikel–. Porqué yo de alguno no me fío –añadió mirándome fijamente.
–Ya los sacaré yo –propuso mi mujer.
–Vale –acordamos todos.

Introdujo su mano en el primer bolso y leyó en voz alta:
–Jesús.

Después hizo lo mismo con el segundo bolso:
–Lunes –exclamó.

Volvió a repetir la operación por segunda vez:
–Jesús –volvió proclamar.

Reiteró la extracción en el bolso correspondiente a los días:
–Domingo –pronunció.

Bueno, pensé, qué le vamos a hacer...

Por tercera vez introdujo su mano en el bolso de los nombres y por tercera vez proclamó “Jesús” y, a continuación, del bolso de los días sacó el papel correspondiente y con voz potente exclamó:
–Sábado.

No me pude aguantar:
–Yo tres días, si no puede ser. ¿Qué explicación tiene esto?
–A lo mejor es porque el año es bisiesto –señaló mi hijo.
–No, escucha, Jesús –intervino Inma–, la explicación es que como tú tienes menos experiencia, te he puesto más días a propósito para que te vayas haciendo a la labor.

Creo que nadie me ha estafado tanto tan escuetamente.
–Seguimos –cortó mi mujer.

Metió por cuarta vez su mano en la bolsa y leyó “Inma”.
Después de leer el papel de la bolsa correspondiente a los días, exclamó.
–Jueves.

Se quedó un rato pensativa y con voz resignada advirtió:
Yo el jueves no puedo porque tengo peluquería.
–Pues ya te cambio yo –me ofrecí generoso.
–¿Y qué vas a hacer tú en mi peluquería? –me contestó desdeñosa–. Tendrás que sacarlo tú –añadió tajantemente.

El producto de las quintas bolsas correspondió a Mikel y al viernes, respectivamente. Inmediatamente mi hijo arguyó:
–Ese día yo tengo clase, así que ya sabes papá...
–Bueno, ya vale –declaré, ya resignado–. Yo lo pasearé todos los días
–¡Que menos! –exclamó mi hijo.
–¿Y los turnos de tarde?–pregunté temblando.

Aquí intervino mi mujer de inmediato:
–Mira, Jesús, no podemos permitir que nuestros hijos salgan en horas tan avanzadas por las tardes, así que lo haremos nosotros, concretamente tú –concluyó.

La llamé aparte y le pregunté:
–¿Por qué teníais que montar esta parodia?
–Porque había que hacerlo de forma oficial, igual que con las elecciones –añadió

Cuando ya dimos por terminada la igualitaria reunión, se acercó mi hija y me dijo con un aire que intentaba ser envidioso:
–¡Qué suerte tienes! ¡Cuánto tiempo te va a tocar estar con Urki!

La primera mañana que me tocó pasear al perro, mi mujer, me dio las últimas instrucciones, al tiempo que me entregaba una bolsa de plástico en la que yo debía depositar los excrementos de nuestra mascota. Me aconsejó que no me dejara dominar por el animal y que debía ser yo quien lo llevase por donde a mí me apeteciese. Nada más salir de casa, Urki comenzó a tirar como un poseso por zonas donde yo nunca había transitado. De pronto, se paró en seco y se puso a olisquear unos hierbajos con gran entusiasmo, poco después se dio la vuelta y orinó sobre ellos. Otro tirón y otra carrera por el centro del pueblo, nuevamente parada en seco, esta vez me dio la impresión de que quería hacer sus necesidades mayores. Yo le aflojé todo lo que daba de sí la correa y empecé a mirar para otro lado a fin de disimular y no le diese vergüenza mi presencia, como nos pasa a los seres humanos. Después de un buen rato, se levantó como catapultado y se alejó a gran velocidad, yo le sujeté porque tenía que recoger sus heces como me había adiestrado mi mujer. Cuando me acerqué al lugar donde se suponía que debían de estar depositadas, para mi gran sorpresa, no las encontré, deduje que en parte era debido a que en esa zona la hierba estaba muy crecida y ocultaba cualquier objeto o cosa que estuviera debajo. Me aproximé aún más y encontré que había tres o cuatro deposiciones y, sin haber estudiado coprología, deduje que pertenecían con toda seguridad a mi perro y… a otros perros más. Esta situación, calculo yo, que por ser letra pequeña, no me la había explicado Inma, de manera que yo no podía saber cuál de esas deposiciones se había fabricado en el intestino de mi amado perro, así que no me quedó más remedio que irlas palpando, una por una, para ver si por su dureza o tersura podía identificarla. Labor inútil, ya que, como es lógico, no tenía ninguna experiencia en tersura ni en dureza de heces. Finalmente me decidí, de manera salomónica, tomar de todas las muestras fecales, una pequeña parte, e introducirlas en la bolsa. La operación, como todo el mundo se puede imaginar, fue de lo más vejatorio.

Seguidamente, Urki continuó en su empeño de pasearme por todo el lugar, para presentarme, pienso yo, en sociedad. Y lo hacía tirando cada vez con más fuerza. Pronto llegamos a la plaza del pueblo, donde un buen número de jubilados se divertían charlando y comentando los sucesos que acaecían en la comarca. En este punto, el perro se detuvo bruscamente, se sentó y comenzó a observar con curiosidad lo que ocurría a su alrededor. Al cabo de un buen rato de espera, decidí, que era ya hora de regresar a casa, por lo que di un gran tirón a la correa, pero el perro ni se inmutó. Seguí tirando cada vez con más energía. Era inútil. Urki se había convertido en un ser inamovible. Enrabietado, pegué un tirón más a la correa, esta vez con todas mis fuerzas, pero no resistió más, cedió y se rompió. Yo terminé sentado en el suelo. El perro no, porque ya lo estaba. Nos quedamos los dos mirándonos, frente a frente, desafiantes. Bella estampa que nunca se volverá a repetir, una vez más se mostraba el triunfo del Hombre sobre la Bestia. Entretanto, el círculo de jubilados estaba disfrutando como no lo había hecho en mucho tiempo. Me puse en pie y el perro, sintiendo compasión por mí, decidió tomar el rumbo a nuestra casa. Cuando ya nos marchábamos, uno de los ancianos se dirigió a mí y, mientras me hacía entrega de la bolsa de plástico que se me había caído, dijo:

–Tome, se olvida usted de la comida.

Creí notar cierto aire socarrón en el tono de su voz, pero como no estaba seguro, le di las gracias.

De vuelta a casa, intenté cambiar mi abatimiento por sentimientos mas optimistas, llegando a la conclusión de que debía tomar dos determinaciones: la primera, que nunca más volvería a pasear a Urki por la plaza del pueblo; la segunda, que tenía que comprar una correa nueva. Si uno no se consuela es porque no quiere...

El verano transcurrió apaciblemente, sin contar los paseos que me cayeron por suerte. Urki amplió su avidez alimenticia por las flores del jardín que con tanto esmero había plantado mi mujer. El perro se acercaba a ellas, las olisqueaba, las arrancaba y finalmente se orinaba sobre lo quedaba de ellas, todas esas maniobras realizadas con gran delicadeza. Mi mujer, siempre tan bondadosa y enemiga de culpar a nadie, me solía comentar:

–No sé qué solución poner… O las riego más o les pongo más simiente.

O matamos a Urki, pensaba yo.
Como ya he dicho, aquel verano transcurría apaciblemente. Yo cubría mis turnos trabajosamente y cada vez quedaban menos bolsas de plástico que rellenar. Un buen día mi mujer me comunicó alborozada:

–Tengo algo que decirte.
–¿Qué? –pregunté.
–Pues mira, el otro día en la peluquería, hablando del tema de la sexualidad, llegamos a la conclusión de que las personas necesitan tener cubiertas sus necesidades sexuales y, si no lo hacen, se vuelven, hurañas, tristes y solitarias.
–¿Ya me lo habías notado? –le interrumpí.
–¿Notado qué?
–Bueno... –traté de explicarme.
–¿Pero qué salido eres? Me refería a Urki.
–¿Desde cuándo Urki es persona? –aduje.
–Para mí es mucho más persona que “otros” dijo mirándome fijamente.
–Vale –contesté herido.
–Bien, pues como digo, Urki no ha conocido hembra en el sentido bíblico de la palabra. ¿Sabes qué significa eso?
–Pues eso es que no tiene ni idea de la Biblia –contesté, todavía molesto por lo de “salido”.
–Tú no puedes ser tan tonto solo. Tienes que tener cómplices –me humilló–. Bien–continuó–, como decía, el perro necesita desahogarse. Así estará más tranquilo y dejará de comerse el jardín. Además podría tener descendencia.
–¡Que ilusión! –exclamé sin poder contenerme.
–Bueno, pues he dado voces por el pueblo y ayer me llamó una señora que se ofrece generosamente para que se lo llevemos a ver qué pasa.
–¿Y a Urki le gustará? –pregunté.
–¿Quién?
–La señora –repuse haciéndome más el borde, si cabe.
–Eres una mala bestia –me obsequió.
–Bueno, vale –continúa.
–Hemos quedado para la semana que viene. Acudiremos a su casa, está muy cerca de aquí, y llevaremos a Urki.
–De acuerdo –contesté ya normal–, pero sería una buena idea comunicárselo a los niños –propuse.
–Vale –contestó.

Así que convoqué a mis hijos y les expliqué nuestro proyecto. Me pareció que lo entendieron.
–Pero su pareja tiene que tener mucho “pitigrilli” –me asesoró Mikel.
–Pedigrí –corregí
–Bueno, las dos cosas –me contestó.
–Por lo menos tres kilos de cada –me concretó la experta.
–Por lo menos –contesté. Y di por finalizada la reunión de asesoría genética.

La mañana en la que teníamos la cita concertada, madrugamos para llegar puntuales. Sólo nos llevamos a Urki. Lo colocamos en el asiento trasero del conductor, que era yo, pero él, descontento con su ubicación, se coló y empezó a comerse el freno de mano, que es lo que tenía más a mano, valga la redundancia. Desalojado del sitio que había usurpado, pasó nuevamente a la parte trasera y continuó con su vieja costumbre de comerse la tapicería de su asiento, mucho más comestible.

El lugar donde se suponía que se iba a producir el apareamiento o cruce estaba a pocos kilómetros de nuestro pueblo. La señora que había contestado a nuestro requerimiento nos salió a recibir y acto seguido nos llevó a una antigua casa que se encontraba en las afueras del pueblo. Pronto divisamos a la perra con la que se debía enfrentar nuestro Urki. Se trataba de un animal de buena presencia y de bastante mayor tamaño que nuestro perro. Soltamos a Urki y se dirigió como una flecha al encuentro de la que iba a ser su compañera. Ella le esperó tranquila y, en cuanto se le aproximó, le propinó una embestida que lanzó a nuestra mascota por los aires. Urki no se amilanó y volvió con el mismo ímpetu al ataque, cosechando el mismo resultado. La escena se repetía una y otra vez, pero una y otra vez, nuestro perro acababa por los aires: pocos pilotos tendrán más horas de vuelo que las que consiguió Urki esa triste mañana. Finalmente, decidimos parar un rato. Había llovido y nuestro perro se encontraba en una situación calamitosa: sucio, embarrado, mojado y jadeante. Yo, disgustado por las escenas a las que nos estaba tocando asistir, me dirigí a la señora y le pregunté:

–Cuando no está en celo su perra, ¿qué hace con los perros, se los come?
–Bueno, es que con los animales le pasa igual que le pasa con las personas. No todo el mundo le cae bien.

Finalmente, tiramos la toalla y decidimos volver a casa. El perro no se tenía en pie y lo tuve que llevar en brazos hasta el coche

Una vez en casa, nuestros hijos nos esperaban ansiosos por conocer el resultado del encuentro, encontronazo diría yo. Al conocerlo y observar al mismo tiempo el estado tan lamentable que Urki presentaba, me preguntó Mikel:

–¿Con quién lo habéis cruzado, con algún mercancías? –no quise responder.

Ya en el cuarto de estar, Urki y yo nos quedamos mirándonos frente a frente. Él presentaba ese aire de abatimiento que muestra el vencido. No le quise decir nada, pero me dieron ganas de comentarle: “Ves como esto no es tan fácil como parece”.
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La playa  

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En verano solíamos combinar los días en el pueblo con algunos días que pasábamos en la playa, una del Mediterráneo, siempre era la misma: nos habíamos acostumbrado a ella y allí estábamos a gusto. El año que compramos a Urki, nos pareció prematuro pues sólo era un cachorrillo, llevarlo a un lugar tan distante, pero ya el segundo año nos pareció razonable y eso fue lo que hicimos.

El viaje fue un auténtico calvario, dividido en dos partes. La primera estuvo protagonizada por los críos –una vez más–. Nada más montarnos les aconsejé que se abrocharan los cinturones de seguridad.

–¿Por qué? –preguntó Mikel
–Porque es obligatorio.
–¿Por qué?
–Porque se ha demostrado –inventé los datos– que el treinta por ciento de las personas que mueren por accidente no llevaban el cinturón de seguridad.
–¿Y el otro setenta lo llevaban?
–Me imagino que sí
–¿Y se murieron?
–Creo que sí.
–Pues es mejor no llevarlo.

Me estaba liando, así que reaccione con rabia:
–Mira, tú te lo pones y no se hable más.

Siguieron unos minutos tensos, al cabo de los cuales le tocó el turno a mi hija:
–Papá, cuando seamos mayores, ¿nos tenemos que parecer a ti?
–Claro, para eso soy vuestro padre.
–¿No hay más remedio?
–También os podéis parecer a vuestra madre.
–¿Sólo a ella? –preguntó esperanzada.
–¿Pero tienes algo contra mí?
–No nada... Sólo el parecido

Después vino la segunda parte. Para evitar el posible mareo de nuestro perro, Juan, el veterinario, nos había aconsejado que le diésemos alguna pastilla, así que cumplimos su consejo y nos olvidamos del perro. Ya transcurridos bastantes kilómetros, Urki pareció volverse loco, comenzó a dar unos saltos desde su asiento, hasta la parte delantera del coche, poniendo en peligro la conducción del vehículo. Nuestro hijo procuraba sujetarlo, pero era imposible, con gran facilidad se zafaba de sus brazos y seguía con sus saltos incontrolables. Daba la impresión de que el medicamento le había provocado una enorme excitación. Por si fuese poco, un poco más tarde, comenzó a vomitar esparciendo el contenido de su estómago por los asientos y… en mi nuca. Tuvimos que parar y estacionar el coche a un lado de la autopista. Poco a poco se fue calmando y se quedó como en coma: los párpados se le cerraban, las comisuras de sus labios se vencían y su andar se asemejaba al de un borracho. Al cabo de un tiempo, se quedó profundamente dormido. Lo cogimos en brazos y reanudamos la marcha hasta llegar a nuestro lugar de destino.

Una vez allí, y con más calma, releí el prospecto que advertía que, en ocasiones, el fármaco, puede provocar al inicio una gran excitación, seguida de una especie de borrachera y finalmente de un sueño profundo, por lo que se aconsejaba administrarlo una horas antes del viaje, justo lo contrario de lo que nosotros habíamos hecho.

El apartamento estaba situado en primera línea, bueno yo diría en línea cero, porque el agua llegaba hasta las puertas del mismo, sin mediar arena entre el mar y la casa.

A la mañana siguiente, decidimos ir mis hijos y yo con el perro para que el animal conociese cómo era la playa, al tiempo que se familiarizaba con el nuevo ambiente. Fuimos a primera hora de la mañana para evitar a la gente y estar más tranquilos sobre todo Urki. Lo primero que hizo nuestro perro al llegar al agua fue orinar y así mezclar su contenido vesical con el de los miles de veraneantes. Este hecho me hizo divagar y profundizar sobre el acto, ya reseñado de las miles de micciones realizadas a diario dentro del mar, ya que apenas existían baños públicos, de tal forma que, siguiendo con mi razonamiento, el mar en sus primeros metros de cara a la playa, contenían orina con un poco de agua, después ya la cosa cambiaba, porque en los siguientes metros, la orina era sustituida por medusas, de forma que, profundizando en mis elucubraciones, todo el sistema resultaba estar perfectamente planeado de manera, que si algún turista sobrepasaba la frontera urinaria y entraba en el mundo de las medusas, éstas le picarían y, al retroceder dolorido el veraneante y volver a ingresar en la zona de la orina, ésta, que contiene una gran concentración de amoníaco que, como todo el mundo sabe es un remedio muy eficaz para las picaduras de estos asquerosos y viscosos elementos, por lo que el primer tratamiento se llevaría a cabo in situ y de forma inmediata.

La pregunta de mi hija me devolvió a la realidad.
–Papá, ¿es verdad que los peces tienen espinas para que nos atragantemos?
–No, además ¿de qué les sirve si lo tenemos ya en la boca?
–Por fastidiar –argumentó, después se quedó silenciosa, pero pronto volvió a la carga–: ¿De dónde vienen los peces?
–De los huevos que ponen sus padres
–¿Quién pone más el padre o la madre?
–Por un estilo –comenté.
–Pues un amigo mío dice que los peces se reproducen por branquias –intervino Mikel.
–Es falso, por las branquias respiran –respondí.
–Pues lo que yo digo: cuando se están reproduciendo, tendrán que respirar, ¿no? –razonó.
–¿Y que es reproducir? –insistió la ictióloga.
–Lo que hacen papá y mamá cuando están aburridos –le ilustró Mikel.
–Entonces siempre –concluyó.
Respiré aliviado.

Seguimos caminando por el borde del agua, cuando de pronto divisé con horror que Urki nos seguía ufano y exultante con un sujetador en la boca. Miré a mi alrededor y, aunque había grupos de mujeres, ninguna mostraba signos de protestar. Nos dirigimos raudos a la oficina de objetos perdidos y lo entregué avergonzado:

–Tome –le dije al empleado–, lo hemos encontrado en la playa.
–Será de alguna mujer –aventuró Einstein.
–Será –profundicé.

Nunca más volví a pasear por la playa al portador provisional del sujetador.

Una de las sorpresas que reservaba a los míos para ese verano era la compra de una lancha inflable. Hacía unos días que la había comprado y la había empaquetado y, con la excusa de que se trataba unos libros, la conseguí incluir dentro del equipaje. Además, en la más estúpida de mis fantasías, había adquirido un libro sobre temas del mar para familiarizarme con la jerga marinera. Y completaba el bagaje con un gorro de capitán de barco.

Después de pasar unos días en la playa, di a conocer a los míos los detalles de mi proyecto, que consistía en realizar un viaje en la susodicha lancha. La respuesta fue muy desigual: mi mujer dijo que me acompañase mi madre, sabiendo que estaba muerta. Mi hija ni respondió. Sólo Mikel mostró cierto grado de complacencia, siempre y cuando le permitiese remar (la barca estaba dotada de dos pares de remos), a lo que accedí. El perro hizo como mi hija.

Llegada la víspera del día D, mi hijo y yo empezamos con los preparativos, pero pronto surgió un imprevisto: el artefacto que servía para hinchar la lancha no funcionaba, así que tuve hacerlo con la boca, con la mía. Inicié el hinchamiento temprano y a las dos horas me encontraba exhausto y sin aire, ya que todo el que tenía se lo había transfundido a la lancha.

–Ánimo, papá, es como si hicieses un boca a boca –me alentó mi hijo.

Cuando al fin conseguí hincharla, mi aspecto debía de ser tan deplorable que mi mujer me vio y comentó en voz alta:

–Este hombre debería tomar más el aire.

Llegó el gran día. Muy de madrugada, como los grandes navegantes, nos hicimos a la mar. La tripulación estaba formada, además de por mi persona, por mi hijo y por Urki, que mostró siempre una actitud displicente.

–Iremos mar adentro unas cuantas millas –dije a mi hijo, orgulloso por estrenar la famosa jerga adquirida con la lectura del libro.

Luego me senté en la proa –lo de delante– y puse al perro a estribor – lo de la derecha–, al tiempo que ordenaba a Mikel que se pusiese a babor –lo de la izquierda– para hacerse cargo de un par de remos. Me veía como un viejo lobo de mar con la cara azotada por mil vientos o quizá alguno menos.

–Me parece que sopla una brisa barlovento –le dije a mi hijo aprovechando una vez más mi dominio de la jerga.
–Pues si quieres lo cambiamos –me contestó pues mi hijo no se había leído el libro

Seguimos remando –como antes he señalado, teníamos cuatro remos–. Yo observaba cómo la playa de nuestra partida se empequeñecía más y más hasta que acabó por desaparecer. Paramos para descansar un rato, al cabo del cual me dirigí a mi hijo;

–Volvamos a casa, grumete.
–De acuerdo, pero sin insultar –contestó.

Comenzamos nuevamente a remar y, pasado un buen rato, noté que no avanzábamos nada y, lo que era más preocupante, me pareció ver una imagen borrosa en el horizonte que, en mi desesperación, temí que se tratara de Mallorca. Desalentado, le comenté a Mikel:

–Creo que el viento nos lleva mar adentro.

Abandonamos los remos, gesto que aprovecho Urki para empezar a comerse uno de ellos. Al rato divisamos un fueraborda aproximándose a nosotros a gran velocidad. Se trataba de una patrullera de costas de la Guardia Civil. Ya a pocos metros de nosotros, el que mandaba nos gritó:

–¿Dónde van ustedes?
–Nos hemos perdido –contesté.
–No tiene usted fundamento. ¡A quién se le ocurre salir con este viento!
–A nosotros –respondí por decir algo.
–Les vamos a lanzar un cabo –me advirtió.
–Pobre hombre, no es para tanto –contesté.
–Papá, un cabo es una cuerda –me ilustró mi hijo en voz baja.
–Vale –contesté avergonzado, al tiempo que después de repasar mentalmente el manual de marinería, no di con semejante término.

Al fin volvimos a la playa. Varios grupos de personas, entre quienes se encontraba mi mujer, nos esperaban expectantes. Desembarqué yo primero, avergonzado y cabizbajo. Después mi hijo, tan normal. Y al final el perro, que ya había comenzado a comerse el segundo remo.

Al pasar entre la gente oímos algunos comentarios como “Deben de ser de algún cayuco”, “No creo, están demasiado gordos”, “Qué poca vergüenza y encima se llevan al perro¨.

He de destacar algo que nunca llegué a entender y fue la actitud distante e indiferente que exhibió Urki durante toda nuestra expedición náutica. Deduzco, conociéndole como le conocía, que no pudo soportar la ausencia de protagonismo hacia el que tanta inclinación sentía. En cuanto llegué a casa, sin que nadie me viera, destruí la maldita lancha y al día siguiente se la mostré a mi mujer dándole a entender que el autor de la fechoría había sido Urki. Aquélla es la única ocasión en que eché la culpa al pobre perro de algo que no había cometido. Mi mujer, por supuesto, no se lo creyó.
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Los padecimientos  

Publicado por Urki en , , ,

A lo largo de los años Urki tuvo varios padecimientos que nos obligaron a buscar ayuda al veterinario. El primero que recuerdo fue la aparición por todo su cuerpo de unas manchas de color oscuro, que resaltaban todavía más sobre su pelo blanco dorado. Mi mujer, que dispone siempre de un montón de pomadas que las suministra a todos los que se prestan voluntariamente o no a ello, decidió que para Urki la más apropiada era una crema de Nivea e inmediatamente comenzó a aplicarla sobre las manchas, “para igualar”, según decía ella. El perro respondía con un lametón sobre la zona tratada, no sé si porque le gustaba su sabor o porque las manchas le picaban. Inma le regañaba y le volvía a poner más cantidad, el perro vuelta a lamerse: yo calculo que debió de ingerir tanta Nivea que en su interior debió de ponerse de un bronceado de playa. En vista de que las lesiones no cedían, decidimos acudir la familia en pleno al veterinario. Juan nos recibió tan amable como siempre, observó detenidamente a nuestro perro y nos comentó:

–Creo que es un problema alérgico.
–¿A algún alimento tal vez? –pregunté.
–No necesariamente, podría tratarse incluso alergia a personas.
–¿Nosotros? –exclamé con incredulidad.
–Sí –contestó lacónico.
–¿Los niños quizá? –volví a interrogar.
–No creo, esto es cosa más de adultos, concretamente de varones.
–¿De mí?
–Sí, de ti –contestó.
–¿Qué hacemos entonces? –quiso saber mi mujer.
–Bueno, cuando esto ocurre, lo normal es retirar el objeto, en este caso la persona que produce la alergia.
–Bueno, ya lo sabes, papá –intervino Mikel, que hasta entonces se había mantenido callado.
–Pues os he puesto en una encrucijada: el perro o yo.
–Papá, de encrucijada nada –respondió el monstruo.

Siempre pensé que no se debe echar un órdago sin tener buenas cartas, así que preferí callarme y no contestar nada. Gracias a Dios intervino mi mujer y, con actitud conciliadora, intentó aportar una solución que agradase a todas las partes.
–Vamos hacer una cosa, Jesús, como tú te vas a un congreso de lo “tuyo” dentro de unos días, vamos a esperar y así comprobamos si las lesiones remiten o no y, con arreglo a los resultados, tomaremos una determinación.
A todos nos pareció una idea excelente.

A mi regreso y con el alma en un puño, comprobé que a Urki, milagrosamente, le habían desaparecido todas las manchas. Nadie me hizo el menor comentario. Y yo mucho menos, así que por el momento continúo en casa, no sé hasta cuándo.

El otro episodio patológico que sufrió nuestro perro ocurrió un poco después del que ya he relatado. Observamos que Urki empezó a toser y, casi al mismo tiempo, experimentó una llamativa cojera. Al principio, como suele suceder, no le dimos importancia alguna, más tarde y en vista de que ambas situaciones persistían, decidimos acudir nuevamente al veterinario. Para nuestra sorpresa, la señorita encargada de la recepción nos comunicó que Juan estaba de viaje pero que su sustituto se podía ocupar perfectamente de nuestro animal. Accedimos a ello y nos acompañó hasta un despacho adosado al de Juan. Entramos y lo primero que vimos fue que el nuevo veterinario presentaba una apariencia de suma idiotez combinada con una ausencia absoluta de este mundo. A lo mejor todo era la misma cosa.

–Adelante, familia –dijo con una voz campanuda–, pasen y siéntense si pueden...
En cuanto nos sentamos, nos preguntó:
–¿Qué le pasa a “esto”? –dijo señalando a Urki.
–“Esto” se llama Urki –saltó mi hijo.
–Parece un nombre visigodo –comentó–. Veamos, ¿qué le pasa?
–Pues mire usted –expliqué–, que de un tiempo a esta parte hemos notado que tose y además muestra una pequeña cojera.
Parecía no entender nada, puesto que volvió a preguntar vez lo que le ocurría. Y le respondí una vez más.
–Bien, por lo que deduzco, este perro muestra cojera y tos –concluyó.
–¡Qué eminencia! –exclamé sin poder evitarlo.
–Bien, ¿qué hace más toser o cojear?
–No lo sé. ¿Qué más da? –contesté.
–Se asombraría usted de la relación que en ocasiones he encontrado entre procesos que en principio parecían independientes.
–¿Y como lo demostró? –pregunté.
–Por la autopsia, por supuesto –contestó.
–Pues qué bien –proferí.
–Bien, concretemos. ¿Cómo tose? –preguntó.
–Como todos, como usted, como yo. Hay familias que lo hacen a diario, la tos es universal –le ilustré.
–¿De qué parte tose?
–De la parte de arriba, de la tosedera –aclaré ya irritado.
–¿Podría usted imitarla? Inténtelo... –me animó.
–Tjujmmmm–tjujmmmm–tjujmmmm –tosí pasándome un poco con las jotas.
–¿Eso es todo? –añadió.
–Es que no me sale más –respondí algo avergonzado.
–Tiene usted una tos de perro –subrayó.
–Pues es la primera vez que la imito.
–Sigamos. ¿La cojera de qué pata es?
–Pues mirando desde la cola hacia delante, la primera pata a la derecha –le volví a ilustrar.
–O sea que desde el morro hacia atrás la primera pata a la izquierda.
–Sí –contesté. Parecíamos vendedores de pisos.
–¿Podría usted remedarla?
–No, porque no tengo patas y mucho menos delanteras.
Me levanté. Di un portazo y todos abandonamos esa desgraciada consulta de una vez para siempre.

Durante los cinco siguientes años tuvo nuestro Urki nuevos episodios patológicos cada vez eran más graves, así que consultamos con el veterinario, el normal, una y otra vez.
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El final  

Publicado por Urki en , ,

Al llegar Urki a su quinto año de vida, su estado de su salud empeoró notablemente. Respiraba con dificultad, apenas podía andar y, lo que para mí era lo mas preocupante, había perdido el apetito, por lo que una vez más Inma y yo decidimos llevarlo al veterinario.

Nos recibió Juan. Examinó a nuestra mascota detenidamente y, después de un angustioso silencio, nos habló:

Urki presenta una situación extremadamente grave. Su estado es irreversible.
–¿Cuánto le queda de vida? –pregunté con el alma en un puño.
–Meses... Tal vez días –contestó.

Salimos de su consulta profundamente abatidos y nos dirigimos a casa, donde nos esperaban nuestros hijos, a quienes transmitimos tan descorazonadora noticia.

Los días siguientes transcurrieron lentamente. Era verano y toda mi familia se encontraba en el pueblo, salvo Urki y yo, que permanecimos en la ciudad. El perro estaba recostado en un sofá, junto a la butaca donde yo me sentaba, apenas se movía y de vez en cuando tosía ahogadamente. Yo salía de mi trabajo, esperando a la vuelta encontrarlo muerto, para evitar el verlo sufrir más, pero allí seguía silencioso y triste. Un día no pude más y avisé a los míos de la situación tan desesperada que estaba viviendo. Y se presentaron en casa enseguida:

–No puede seguir sufriendo así. ¿Qué os parece si acudimos a Juan para que le ponga una inyección y acabe su padecimiento?

Asintieron.
Al día siguiente, mi hijo y yo, que ya era todo un hombrecito, fuimos en mi coche a la consulta de Juan. Una vez en la puerta, Mikel tomó al perro entre sus brazos, se bajó del vehículo y entró en la consulta, mientras yo le esperaba fuera. Pasaron unos minutos eternos, al cabo de los cuales le vi aparecer. Venía solo y su cara reflejaba un aire de profunda desolación. Se introdujo en el coche y permaneció silencioso a mi lado.

–¿Cómo ha sido? –pregunté.
–Normal –contestó–. Juan le ha puesto una inyección mientras yo lo sostenía entre mis brazos. Antes de dormirse, me dio un lametón en la cara. De pronto, se echó a llorar.

Volvimos a casa en silencio. Una vez allí, Mikel se encerró en su habitación, mientras que mi mujer se dedicó a hacer algunas labores de la casa, de modo que nos dejaron a María y a mí solos. La tarde se echaba encima cuando mi hija comenzó su interrogatorio particular.

–Papá, ¿quién inventó la muerte?
–Supongo que Dios –contesté.
–¿Todos nos moriremos? –indagó.
–Sí.
–¿Dios también?
–No.
–¿Por qué? –preguntó.
–No lo sé. Supongo que porque no le vendrá bien.
–¡Que majo! –comentó.
–Sí, pero así es.
–¿Es mala la muerte?
–No sé. Creo que no debe de ser tan mala cuando se mueren tantos.
–¿Irá al cielo Urki?
–Sí –contesté.
–¿Por qué?
–Porque fue un buen perro –respondí.
–A pesar de que se comía tus calzoncillos y calcetines...
–Sé.
–¿Y las bragas de mamá y…?
–Sí –me adelanté.
–¿Le pondrán alas?
–Si es costumbre...
–No las soportará, se las quitará y se las comerá.
De pronto la cría se echo a llorar:
–Papá, yo no quiero que se muera –me dijo entre sollozos. Luego me abrazó y así permanecimos hasta bien entrada la noche.

A la mañana siguiente, era domingo, me levanté temprano y me dirigí a la cocina a tomar un vaso de leche. Abrí la puerta y allí estaba su PELOTA. En el suelo, en medio de la cocina, semirredonda, descortezada y viscosa pero exultante y orgullosa. De pronto entró mi mujer, lo hizo de forma brusca, y se dirigió al lugar donde se encontraban los objetos personales de Urki para empezar a recogerlos: juguetes, hamburguesas, recipientes que utilizaba para comer y beber, etcétera. Mientras lo hacía, los iba metiendo en una bolsa que había preparado para tal efecto. Al llegar a la PELOTA, interrumpí su labor:

–La PELOTA déjala, ya la guardaré yo –no contestó. Cuando salía, me crucé con ella. Su rostro revelaba una tristeza infinita.
–¿Por qué no lloras un poco? Viene bien, todos hemos llorado –le comenté.
–Porque no quiero... ni puedo –me contestó, y salió tan violentamente como había entrado.

De nuevo nos quedamos la PELOTA y yo frente a frente. Me acerqué y la tomé entre mis manos. Después la llevé, yo diría que amorosamente, a mi despacho. En uno de los cajones donde guardo mis objetos personales, la deposité y allí permanece hasta el día de hoy. De vez en cuando la tomo entre mis manos e indefectiblemente acude a mi memoria el recuerdo del que fue su amo, mejor dicho, él fue nuestro amo, porque, en definitiva, eso es lo que representó Urki para nosotros, nuestro Urki, nuestro inolvidable Urki.
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