Habíamos adquirido el perro en septiembre. En el mes de julio del siguiente año, decidimos pasar el verano en un pueblecito cerca de la ciudad donde residíamos. Allí mi mujer poseía una casita con un jardín y una pequeña piscina. En aquel solían transcurrir nuestras vacaciones y más este año, pues consideramos que era muy apropiado para nuestro Urki, ya que allí disponía de espacios abiertos para poder entretenerse.
Se trataba de un pueblecito de una seiscientas almas con sus respectivos cuerpos rodeado por suaves colinas, salvo por el norte, por donde entraba, cuando soplaba, un cierzo que dejaba los susodichos cuerpos transidos de frío. A las almas también, pero menos por estar más abrigadas. Por lo demás, se disfrutaba de un ambiente apacible y tranquilo: a fin de cuentas era, y sigue siendo, un pueblo encantador.
Durante los meses que siguieron a la llegada de Urki, mi mujer se preocupó de sacarlo mañana y tarde para que el perro hiciese sus necesidades, pero llegado el verano se hartó de semejante obligación y decidió que en el pueblo tendríamos que turnarnos. Para ello nos reunimos la familia al completo y decidimos buscar la solución ideal.
–Yo pienso que lo mejor es echarlo a suertes –opinó mi mujer.
–¿De qué manera? –pregunté.
–Por sorteo.
–¿Cómo? –pregunté.
–Pues muy sencillo, metemos en un bolso nuestros nombres escritos en unos papeles y, en otro, introducimos los días de la semana y los vamos emparejando. Sacaremos primero el de las personas y a continuación el de los días.
–De acuerdo –opinamos todos.
–Al ser siete días, a uno sólo le tocará pasearlo un día –adelanté yo.
–Pues mejor para él –opinó Mikel.
Mi mujer se ocupó de llevar a cabo los preparativos. En el primer bolso figuraban nuestros nombres y, en el segundo, los días de la semana.
–¿Quien saca los papeles? –preguntó Mikel–. Porqué yo de alguno no me fío –añadió mirándome fijamente.
–Ya los sacaré yo –propuso mi mujer.
–Vale –acordamos todos.
Introdujo su mano en el primer bolso y leyó en voz alta:
–Jesús.
Después hizo lo mismo con el segundo bolso:
–Lunes –exclamó.
Volvió a repetir la operación por segunda vez:
–Jesús –volvió proclamar.
Reiteró la extracción en el bolso correspondiente a los días:
–Domingo –pronunció.
Bueno, pensé, qué le vamos a hacer...
Por tercera vez introdujo su mano en el bolso de los nombres y por tercera vez proclamó “Jesús” y, a continuación, del bolso de los días sacó el papel correspondiente y con voz potente exclamó:
–Sábado.
No me pude aguantar:
–Yo tres días, si no puede ser. ¿Qué explicación tiene esto?
–A lo mejor es porque el año es bisiesto –señaló mi hijo.
–No, escucha, Jesús –intervino Inma–, la explicación es que como tú tienes menos experiencia, te he puesto más días a propósito para que te vayas haciendo a la labor.
Creo que nadie me ha estafado tanto tan escuetamente.
–Seguimos –cortó mi mujer.
Metió por cuarta vez su mano en la bolsa y leyó “Inma”.
Después de leer el papel de la bolsa correspondiente a los días, exclamó.
–Jueves.
Se quedó un rato pensativa y con voz resignada advirtió:
Yo el jueves no puedo porque tengo peluquería.
–Pues ya te cambio yo –me ofrecí generoso.
–¿Y qué vas a hacer tú en mi peluquería? –me contestó desdeñosa–. Tendrás que sacarlo tú –añadió tajantemente.
El producto de las quintas bolsas correspondió a Mikel y al viernes, respectivamente. Inmediatamente mi hijo arguyó:
–Ese día yo tengo clase, así que ya sabes papá...
–Bueno, ya vale –declaré, ya resignado–. Yo lo pasearé todos los días
–¡Que menos! –exclamó mi hijo.
–¿Y los turnos de tarde?–pregunté temblando.
Aquí intervino mi mujer de inmediato:
–Mira, Jesús, no podemos permitir que nuestros hijos salgan en horas tan avanzadas por las tardes, así que lo haremos nosotros, concretamente tú –concluyó.
La llamé aparte y le pregunté:
–¿Por qué teníais que montar esta parodia?
–Porque había que hacerlo de forma oficial, igual que con las elecciones –añadió
Cuando ya dimos por terminada la igualitaria reunión, se acercó mi hija y me dijo con un aire que intentaba ser envidioso:
–¡Qué suerte tienes! ¡Cuánto tiempo te va a tocar estar con Urki!
La primera mañana que me tocó pasear al perro, mi mujer, me dio las últimas instrucciones, al tiempo que me entregaba una bolsa de plástico en la que yo debía depositar los excrementos de nuestra mascota. Me aconsejó que no me dejara dominar por el animal y que debía ser yo quien lo llevase por donde a mí me apeteciese. Nada más salir de casa, Urki comenzó a tirar como un poseso por zonas donde yo nunca había transitado. De pronto, se paró en seco y se puso a olisquear unos hierbajos con gran entusiasmo, poco después se dio la vuelta y orinó sobre ellos. Otro tirón y otra carrera por el centro del pueblo, nuevamente parada en seco, esta vez me dio la impresión de que quería hacer sus necesidades mayores. Yo le aflojé todo lo que daba de sí la correa y empecé a mirar para otro lado a fin de disimular y no le diese vergüenza mi presencia, como nos pasa a los seres humanos. Después de un buen rato, se levantó como catapultado y se alejó a gran velocidad, yo le sujeté porque tenía que recoger sus heces como me había adiestrado mi mujer. Cuando me acerqué al lugar donde se suponía que debían de estar depositadas, para mi gran sorpresa, no las encontré, deduje que en parte era debido a que en esa zona la hierba estaba muy crecida y ocultaba cualquier objeto o cosa que estuviera debajo. Me aproximé aún más y encontré que había tres o cuatro deposiciones y, sin haber estudiado coprología, deduje que pertenecían con toda seguridad a mi perro y… a otros perros más. Esta situación, calculo yo, que por ser letra pequeña, no me la había explicado Inma, de manera que yo no podía saber cuál de esas deposiciones se había fabricado en el intestino de mi amado perro, así que no me quedó más remedio que irlas palpando, una por una, para ver si por su dureza o tersura podía identificarla. Labor inútil, ya que, como es lógico, no tenía ninguna experiencia en tersura ni en dureza de heces. Finalmente me decidí, de manera salomónica, tomar de todas las muestras fecales, una pequeña parte, e introducirlas en la bolsa. La operación, como todo el mundo se puede imaginar, fue de lo más vejatorio.
Seguidamente, Urki continuó en su empeño de pasearme por todo el lugar, para presentarme, pienso yo, en sociedad. Y lo hacía tirando cada vez con más fuerza. Pronto llegamos a la plaza del pueblo, donde un buen número de jubilados se divertían charlando y comentando los sucesos que acaecían en la comarca. En este punto, el perro se detuvo bruscamente, se sentó y comenzó a observar con curiosidad lo que ocurría a su alrededor. Al cabo de un buen rato de espera, decidí, que era ya hora de regresar a casa, por lo que di un gran tirón a la correa, pero el perro ni se inmutó. Seguí tirando cada vez con más energía. Era inútil. Urki se había convertido en un ser inamovible. Enrabietado, pegué un tirón más a la correa, esta vez con todas mis fuerzas, pero no resistió más, cedió y se rompió. Yo terminé sentado en el suelo. El perro no, porque ya lo estaba. Nos quedamos los dos mirándonos, frente a frente, desafiantes. Bella estampa que nunca se volverá a repetir, una vez más se mostraba el triunfo del Hombre sobre la Bestia. Entretanto, el círculo de jubilados estaba disfrutando como no lo había hecho en mucho tiempo. Me puse en pie y el perro, sintiendo compasión por mí, decidió tomar el rumbo a nuestra casa. Cuando ya nos marchábamos, uno de los ancianos se dirigió a mí y, mientras me hacía entrega de la bolsa de plástico que se me había caído, dijo:
–Tome, se olvida usted de la comida.
Creí notar cierto aire socarrón en el tono de su voz, pero como no estaba seguro, le di las gracias.
De vuelta a casa, intenté cambiar mi abatimiento por sentimientos mas optimistas, llegando a la conclusión de que debía tomar dos determinaciones: la primera, que nunca más volvería a pasear a Urki por la plaza del pueblo; la segunda, que tenía que comprar una correa nueva. Si uno no se consuela es porque no quiere...
El verano transcurrió apaciblemente, sin contar los paseos que me cayeron por suerte. Urki amplió su avidez alimenticia por las flores del jardín que con tanto esmero había plantado mi mujer. El perro se acercaba a ellas, las olisqueaba, las arrancaba y finalmente se orinaba sobre lo quedaba de ellas, todas esas maniobras realizadas con gran delicadeza. Mi mujer, siempre tan bondadosa y enemiga de culpar a nadie, me solía comentar:
–No sé qué solución poner… O las riego más o les pongo más simiente.
O matamos a Urki, pensaba yo.
Como ya he dicho, aquel verano transcurría apaciblemente. Yo cubría mis turnos trabajosamente y cada vez quedaban menos bolsas de plástico que rellenar. Un buen día mi mujer me comunicó alborozada:
–Tengo algo que decirte.
–¿Qué? –pregunté.
–Pues mira, el otro día en la peluquería, hablando del tema de la sexualidad, llegamos a la conclusión de que las personas necesitan tener cubiertas sus necesidades sexuales y, si no lo hacen, se vuelven, hurañas, tristes y solitarias.
–¿Ya me lo habías notado? –le interrumpí.
–¿Notado qué?
–Bueno... –traté de explicarme.
–¿Pero qué salido eres? Me refería a Urki.
–¿Desde cuándo Urki es persona? –aduje.
–Para mí es mucho más persona que “otros” dijo mirándome fijamente.
–Vale –contesté herido.
–Bien, pues como digo, Urki no ha conocido hembra en el sentido bíblico de la palabra. ¿Sabes qué significa eso?
–Pues eso es que no tiene ni idea de la Biblia –contesté, todavía molesto por lo de “salido”.
–Tú no puedes ser tan tonto solo. Tienes que tener cómplices –me humilló–. Bien–continuó–, como decía, el perro necesita desahogarse. Así estará más tranquilo y dejará de comerse el jardín. Además podría tener descendencia.
–¡Que ilusión! –exclamé sin poder contenerme.
–Bueno, pues he dado voces por el pueblo y ayer me llamó una señora que se ofrece generosamente para que se lo llevemos a ver qué pasa.
–¿Y a Urki le gustará? –pregunté.
–¿Quién?
–La señora –repuse haciéndome más el borde, si cabe.
–Eres una mala bestia –me obsequió.
–Bueno, vale –continúa.
–Hemos quedado para la semana que viene. Acudiremos a su casa, está muy cerca de aquí, y llevaremos a Urki.
–De acuerdo –contesté ya normal–, pero sería una buena idea comunicárselo a los niños –propuse.
–Vale –contestó.
Así que convoqué a mis hijos y les expliqué nuestro proyecto. Me pareció que lo entendieron.
–Pero su pareja tiene que tener mucho “pitigrilli” –me asesoró Mikel.
–Pedigrí –corregí
–Bueno, las dos cosas –me contestó.
–Por lo menos tres kilos de cada –me concretó la experta.
–Por lo menos –contesté. Y di por finalizada la reunión de asesoría genética.
La mañana en la que teníamos la cita concertada, madrugamos para llegar puntuales. Sólo nos llevamos a Urki. Lo colocamos en el asiento trasero del conductor, que era yo, pero él, descontento con su ubicación, se coló y empezó a comerse el freno de mano, que es lo que tenía más a mano, valga la redundancia. Desalojado del sitio que había usurpado, pasó nuevamente a la parte trasera y continuó con su vieja costumbre de comerse la tapicería de su asiento, mucho más comestible.
El lugar donde se suponía que se iba a producir el apareamiento o cruce estaba a pocos kilómetros de nuestro pueblo. La señora que había contestado a nuestro requerimiento nos salió a recibir y acto seguido nos llevó a una antigua casa que se encontraba en las afueras del pueblo. Pronto divisamos a la perra con la que se debía enfrentar nuestro Urki. Se trataba de un animal de buena presencia y de bastante mayor tamaño que nuestro perro. Soltamos a Urki y se dirigió como una flecha al encuentro de la que iba a ser su compañera. Ella le esperó tranquila y, en cuanto se le aproximó, le propinó una embestida que lanzó a nuestra mascota por los aires. Urki no se amilanó y volvió con el mismo ímpetu al ataque, cosechando el mismo resultado. La escena se repetía una y otra vez, pero una y otra vez, nuestro perro acababa por los aires: pocos pilotos tendrán más horas de vuelo que las que consiguió Urki esa triste mañana. Finalmente, decidimos parar un rato. Había llovido y nuestro perro se encontraba en una situación calamitosa: sucio, embarrado, mojado y jadeante. Yo, disgustado por las escenas a las que nos estaba tocando asistir, me dirigí a la señora y le pregunté:
–Cuando no está en celo su perra, ¿qué hace con los perros, se los come?
–Bueno, es que con los animales le pasa igual que le pasa con las personas. No todo el mundo le cae bien.
Finalmente, tiramos la toalla y decidimos volver a casa. El perro no se tenía en pie y lo tuve que llevar en brazos hasta el coche
Una vez en casa, nuestros hijos nos esperaban ansiosos por conocer el resultado del encuentro, encontronazo diría yo. Al conocerlo y observar al mismo tiempo el estado tan lamentable que Urki presentaba, me preguntó Mikel:
–¿Con quién lo habéis cruzado, con algún mercancías? –no quise responder.
Ya en el cuarto de estar, Urki y yo nos quedamos mirándonos frente a frente. Él presentaba ese aire de abatimiento que muestra el vencido. No le quise decir nada, pero me dieron ganas de comentarle: “Ves como esto no es tan fácil como parece”.
Esta entrada fue publicada
el lunes, marzo 23, 2009
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