La playa  

Publicado por Urki en , , ,

En verano solíamos combinar los días en el pueblo con algunos días que pasábamos en la playa, una del Mediterráneo, siempre era la misma: nos habíamos acostumbrado a ella y allí estábamos a gusto. El año que compramos a Urki, nos pareció prematuro pues sólo era un cachorrillo, llevarlo a un lugar tan distante, pero ya el segundo año nos pareció razonable y eso fue lo que hicimos.

El viaje fue un auténtico calvario, dividido en dos partes. La primera estuvo protagonizada por los críos –una vez más–. Nada más montarnos les aconsejé que se abrocharan los cinturones de seguridad.

–¿Por qué? –preguntó Mikel
–Porque es obligatorio.
–¿Por qué?
–Porque se ha demostrado –inventé los datos– que el treinta por ciento de las personas que mueren por accidente no llevaban el cinturón de seguridad.
–¿Y el otro setenta lo llevaban?
–Me imagino que sí
–¿Y se murieron?
–Creo que sí.
–Pues es mejor no llevarlo.

Me estaba liando, así que reaccione con rabia:
–Mira, tú te lo pones y no se hable más.

Siguieron unos minutos tensos, al cabo de los cuales le tocó el turno a mi hija:
–Papá, cuando seamos mayores, ¿nos tenemos que parecer a ti?
–Claro, para eso soy vuestro padre.
–¿No hay más remedio?
–También os podéis parecer a vuestra madre.
–¿Sólo a ella? –preguntó esperanzada.
–¿Pero tienes algo contra mí?
–No nada... Sólo el parecido

Después vino la segunda parte. Para evitar el posible mareo de nuestro perro, Juan, el veterinario, nos había aconsejado que le diésemos alguna pastilla, así que cumplimos su consejo y nos olvidamos del perro. Ya transcurridos bastantes kilómetros, Urki pareció volverse loco, comenzó a dar unos saltos desde su asiento, hasta la parte delantera del coche, poniendo en peligro la conducción del vehículo. Nuestro hijo procuraba sujetarlo, pero era imposible, con gran facilidad se zafaba de sus brazos y seguía con sus saltos incontrolables. Daba la impresión de que el medicamento le había provocado una enorme excitación. Por si fuese poco, un poco más tarde, comenzó a vomitar esparciendo el contenido de su estómago por los asientos y… en mi nuca. Tuvimos que parar y estacionar el coche a un lado de la autopista. Poco a poco se fue calmando y se quedó como en coma: los párpados se le cerraban, las comisuras de sus labios se vencían y su andar se asemejaba al de un borracho. Al cabo de un tiempo, se quedó profundamente dormido. Lo cogimos en brazos y reanudamos la marcha hasta llegar a nuestro lugar de destino.

Una vez allí, y con más calma, releí el prospecto que advertía que, en ocasiones, el fármaco, puede provocar al inicio una gran excitación, seguida de una especie de borrachera y finalmente de un sueño profundo, por lo que se aconsejaba administrarlo una horas antes del viaje, justo lo contrario de lo que nosotros habíamos hecho.

El apartamento estaba situado en primera línea, bueno yo diría en línea cero, porque el agua llegaba hasta las puertas del mismo, sin mediar arena entre el mar y la casa.

A la mañana siguiente, decidimos ir mis hijos y yo con el perro para que el animal conociese cómo era la playa, al tiempo que se familiarizaba con el nuevo ambiente. Fuimos a primera hora de la mañana para evitar a la gente y estar más tranquilos sobre todo Urki. Lo primero que hizo nuestro perro al llegar al agua fue orinar y así mezclar su contenido vesical con el de los miles de veraneantes. Este hecho me hizo divagar y profundizar sobre el acto, ya reseñado de las miles de micciones realizadas a diario dentro del mar, ya que apenas existían baños públicos, de tal forma que, siguiendo con mi razonamiento, el mar en sus primeros metros de cara a la playa, contenían orina con un poco de agua, después ya la cosa cambiaba, porque en los siguientes metros, la orina era sustituida por medusas, de forma que, profundizando en mis elucubraciones, todo el sistema resultaba estar perfectamente planeado de manera, que si algún turista sobrepasaba la frontera urinaria y entraba en el mundo de las medusas, éstas le picarían y, al retroceder dolorido el veraneante y volver a ingresar en la zona de la orina, ésta, que contiene una gran concentración de amoníaco que, como todo el mundo sabe es un remedio muy eficaz para las picaduras de estos asquerosos y viscosos elementos, por lo que el primer tratamiento se llevaría a cabo in situ y de forma inmediata.

La pregunta de mi hija me devolvió a la realidad.
–Papá, ¿es verdad que los peces tienen espinas para que nos atragantemos?
–No, además ¿de qué les sirve si lo tenemos ya en la boca?
–Por fastidiar –argumentó, después se quedó silenciosa, pero pronto volvió a la carga–: ¿De dónde vienen los peces?
–De los huevos que ponen sus padres
–¿Quién pone más el padre o la madre?
–Por un estilo –comenté.
–Pues un amigo mío dice que los peces se reproducen por branquias –intervino Mikel.
–Es falso, por las branquias respiran –respondí.
–Pues lo que yo digo: cuando se están reproduciendo, tendrán que respirar, ¿no? –razonó.
–¿Y que es reproducir? –insistió la ictióloga.
–Lo que hacen papá y mamá cuando están aburridos –le ilustró Mikel.
–Entonces siempre –concluyó.
Respiré aliviado.

Seguimos caminando por el borde del agua, cuando de pronto divisé con horror que Urki nos seguía ufano y exultante con un sujetador en la boca. Miré a mi alrededor y, aunque había grupos de mujeres, ninguna mostraba signos de protestar. Nos dirigimos raudos a la oficina de objetos perdidos y lo entregué avergonzado:

–Tome –le dije al empleado–, lo hemos encontrado en la playa.
–Será de alguna mujer –aventuró Einstein.
–Será –profundicé.

Nunca más volví a pasear por la playa al portador provisional del sujetador.

Una de las sorpresas que reservaba a los míos para ese verano era la compra de una lancha inflable. Hacía unos días que la había comprado y la había empaquetado y, con la excusa de que se trataba unos libros, la conseguí incluir dentro del equipaje. Además, en la más estúpida de mis fantasías, había adquirido un libro sobre temas del mar para familiarizarme con la jerga marinera. Y completaba el bagaje con un gorro de capitán de barco.

Después de pasar unos días en la playa, di a conocer a los míos los detalles de mi proyecto, que consistía en realizar un viaje en la susodicha lancha. La respuesta fue muy desigual: mi mujer dijo que me acompañase mi madre, sabiendo que estaba muerta. Mi hija ni respondió. Sólo Mikel mostró cierto grado de complacencia, siempre y cuando le permitiese remar (la barca estaba dotada de dos pares de remos), a lo que accedí. El perro hizo como mi hija.

Llegada la víspera del día D, mi hijo y yo empezamos con los preparativos, pero pronto surgió un imprevisto: el artefacto que servía para hinchar la lancha no funcionaba, así que tuve hacerlo con la boca, con la mía. Inicié el hinchamiento temprano y a las dos horas me encontraba exhausto y sin aire, ya que todo el que tenía se lo había transfundido a la lancha.

–Ánimo, papá, es como si hicieses un boca a boca –me alentó mi hijo.

Cuando al fin conseguí hincharla, mi aspecto debía de ser tan deplorable que mi mujer me vio y comentó en voz alta:

–Este hombre debería tomar más el aire.

Llegó el gran día. Muy de madrugada, como los grandes navegantes, nos hicimos a la mar. La tripulación estaba formada, además de por mi persona, por mi hijo y por Urki, que mostró siempre una actitud displicente.

–Iremos mar adentro unas cuantas millas –dije a mi hijo, orgulloso por estrenar la famosa jerga adquirida con la lectura del libro.

Luego me senté en la proa –lo de delante– y puse al perro a estribor – lo de la derecha–, al tiempo que ordenaba a Mikel que se pusiese a babor –lo de la izquierda– para hacerse cargo de un par de remos. Me veía como un viejo lobo de mar con la cara azotada por mil vientos o quizá alguno menos.

–Me parece que sopla una brisa barlovento –le dije a mi hijo aprovechando una vez más mi dominio de la jerga.
–Pues si quieres lo cambiamos –me contestó pues mi hijo no se había leído el libro

Seguimos remando –como antes he señalado, teníamos cuatro remos–. Yo observaba cómo la playa de nuestra partida se empequeñecía más y más hasta que acabó por desaparecer. Paramos para descansar un rato, al cabo del cual me dirigí a mi hijo;

–Volvamos a casa, grumete.
–De acuerdo, pero sin insultar –contestó.

Comenzamos nuevamente a remar y, pasado un buen rato, noté que no avanzábamos nada y, lo que era más preocupante, me pareció ver una imagen borrosa en el horizonte que, en mi desesperación, temí que se tratara de Mallorca. Desalentado, le comenté a Mikel:

–Creo que el viento nos lleva mar adentro.

Abandonamos los remos, gesto que aprovecho Urki para empezar a comerse uno de ellos. Al rato divisamos un fueraborda aproximándose a nosotros a gran velocidad. Se trataba de una patrullera de costas de la Guardia Civil. Ya a pocos metros de nosotros, el que mandaba nos gritó:

–¿Dónde van ustedes?
–Nos hemos perdido –contesté.
–No tiene usted fundamento. ¡A quién se le ocurre salir con este viento!
–A nosotros –respondí por decir algo.
–Les vamos a lanzar un cabo –me advirtió.
–Pobre hombre, no es para tanto –contesté.
–Papá, un cabo es una cuerda –me ilustró mi hijo en voz baja.
–Vale –contesté avergonzado, al tiempo que después de repasar mentalmente el manual de marinería, no di con semejante término.

Al fin volvimos a la playa. Varios grupos de personas, entre quienes se encontraba mi mujer, nos esperaban expectantes. Desembarqué yo primero, avergonzado y cabizbajo. Después mi hijo, tan normal. Y al final el perro, que ya había comenzado a comerse el segundo remo.

Al pasar entre la gente oímos algunos comentarios como “Deben de ser de algún cayuco”, “No creo, están demasiado gordos”, “Qué poca vergüenza y encima se llevan al perro¨.

He de destacar algo que nunca llegué a entender y fue la actitud distante e indiferente que exhibió Urki durante toda nuestra expedición náutica. Deduzco, conociéndole como le conocía, que no pudo soportar la ausencia de protagonismo hacia el que tanta inclinación sentía. En cuanto llegué a casa, sin que nadie me viera, destruí la maldita lancha y al día siguiente se la mostré a mi mujer dándole a entender que el autor de la fechoría había sido Urki. Aquélla es la única ocasión en que eché la culpa al pobre perro de algo que no había cometido. Mi mujer, por supuesto, no se lo creyó.

Esta entrada fue publicada el lunes, marzo 23, 2009 y contiene , , , . Puedes seguir cualquier respuesta a través de comments feed .

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