Aún mantuve otra reunión más con mi mujer. En ella tratamos los preparativos del viaje a Londres. Decidimos que Mikel viajara en avión, en un vuelo directo Madrid–Londres.
–Debemos elegir la agencia que nos proporcione la casa de acogida, las clases y alguna cosa más que ahora se me escapa –expliqué a mi mujer.
–Siempre se te escapa algo –comentó desabrida.
–Algún día seré yo quien me escape –respondí dolido.
–¿Tú, escaparte?
–Sí, aunque sólo sea un rato –respondí.
–¿Media hora? –ironizó.
–Más o menos –contesté, ya entregado.
Al fin dimos el tema por zanjado y decidimos reunirnos próximamente, pues ya estábamos en mayo, para ultimar todos los detalles.
Entretanto existía un asunto que no por no haberlo tocado era menos importante, me refiero al pasaporte de Mikel. Así que unos días más tarde, cuando comíamos, le comenté a Mikel la necesidad de conseguirlo.
–¿Y eso para qué es? –preguntó, como siempre buscando la finalidad de las cosas.
–Para poder entrar en Inglaterra –contesté.
–¿Y para salir necesito otro?
–No, vale el mismo.
–Yo quiero otro –exigió María.
–A ti no te hace falta –contesté.
–Ya te dejaré el mío –se ofreció generoso Mikel.
–No le valdría– le interrumpí.
–¿Por qué? –preguntaron al unísono.
–Porque son documentos que se extienden a título personal.
–Jesús, no tomes más vino que luego no se te entiende –me advirtió mi mujer.
–Eso –corroboró Mikel.
–Quiero decir que el pasaporte lleva una foto que te identifica.
–Puede estar movida –añadió mi hijo.
–A una amiga mía, siempre le salían las fotos movidas –aportó su experiencia mi mujer.
–Porque tenía Parkinson –maticé.
–No metas a Parkinson en esto –respondió airada.
–Bien –intenté reconducir el tema–. Te sacas las fotos, Mikel, y asunto concluido.
–¿Cuántas? –preguntó.
–Cuatro –respondí.
–¿Y en todas tengo que estar quieto?
–Si.
–¿Sin respirar?
–Si.
–Saldré muerto.
–Entonces servirán.
–¿Por qué? –replicó.
–Porque no saldrán movidas –respondí exasperado
–¿Las fotos son de frente o de espaldas? –quiso saber mi hijo.
–¿Cómo vas a sacarte una foto de espaldas? –le respondí airado.
–Pues dándome la vuelta.
–Vale –cambié de tema–. Me he puesto contacto con una agencia seria que proporcionará todos los medios necesarios, entre ellos la casa de acogida.
–¿Y cómo sabes que era una agencia? –preguntó mi hijo.
–Porque me informé –repuse.
¿–Y por qué era seria? –esa vez le tocó el turno a María.
–Por el aspecto respondí.
–Pero eso no basta: mira tú el “espectro” que tienes –me humilló la dulce niña.
No me quedaron fuerzas ni para corregirle lo del “espectro”.
Esta vez mi mujer se compadeció y me echó una mano:
–Papá no parecerá serio por fuera, pero por dentro es... –no pudo concluir y soltó la gran carcajada.
Respiré aliviado y agradecido.
Unos días más tarde, la agencia me comunicó que tenían contratada a una familia que se prestaba como casa de acogida. Se trataba de un matrimonio inglés con dos hijos y vivían en Londres, parecían buena gente. No me dieron más detalles. .A finales de junio recibí el billete de avión y la fecha de salida: el día 1 de julio a las cuatro de la tarde desde el aeropuerto de Madrid.
La llegada a Madrid corría por nuestra cuenta, por lo que saqué tres billetes para un tren que salía de mi ciudad a las siete de la mañana y llegaría a Madrid hacia las once, de manera que nos daría tiempo para comer y dar una vuelta por la capital de España, hasta la hora del despegue.
Llegó el día de la marcha. Mi mujer con aire triste –nunca lloraba o al menos yo nunca le había visto– preparó la maleta. Había comprado un regalo para el marido inglés –una buena botella de coñac– y para su mujer –una escultura de Lladró que representaba a un ángel en actitud pensativa–. Mi hijo se empeñó en llevar la bolsa de los regalos. Fue una mala decisión: Mikel comenzó a dar giros a la bolsa simulando, según decía él, las hélices de un avión. Pronto oímos un chasquido sospechoso, consecuencia lógica de la violenta colisión que sufrió la mencionada bolsa con el canto de una puerta. Al deshacer el paquete, para valorar el alcance de los daños, observamos con gran consternación que la botella se había hecho añicos y desprendía tan fuerte olor a licor que impregnaba hasta nuestras ropas. La escultura tampoco había corrido mejor suerte: el ángel había perdido sus alas.
–¿Y ahora qué hacemos? –susurró mi mujer.
–¿Qué les decimos a los ingleses? –añadí yo.
–Ya sé lo que podemos decirles –propuso el autor del desaguisado.
–¿Qué? –pregunté con un ápice de esperanza.
–Pues muy sencillo: que hacía mucho calor y, como teníamos mucha sed, nos hemos tenido que beber la botella. Yo, menos porque soy un niño –añadió sin inmutarse.
–¿Y lo del ángel? –inquirió su madre esperanzada, no sé por qué
–Pues que es un ángel que está tan pensativo que no sabe dónde se le han podido extraviar las alas.
Perdí hasta el ápice.
–Hijo, son ingleses normales –le aclaré.
Finalmente, llegamos a Madrid. Nuestras ropas esparcían un olor a coñac insoportable.
Ya en el restaurante, el maître se dirigió a mí y, muy cortés, me propuso:
–Los señores sólo tomarán agua, ¿verdad?
La despedida en el aeropuerto fue como tenía que ser: dramática.
– ¡Llámanos en cuanto llegues! –le repitió su madre por enésima vez.
Después de abrazarlo, nuestro hijo se dirigió con su pequeña maleta hacia la puerta de embarque. Ni una vez se volvió. Nunca como entonces comprendí mejor el significado de la palabra despegue.
Una hora después nos encontrábamos, mi mujer y yo en el tren que nos devolvía a nuestra casa. Durante todo el trayecto permanecimos tristes y silenciosos.
Esta entrada fue publicada
el lunes, marzo 23, 2009
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