La primera noche lo colocamos en la cocina. Y la pasó llorando, añorando a su madre, de la que se había separado bruscamente. Mi mujer, conmovida, decidió que en adelante dormiría en una habitación adyacente a nuestro dormitorio. Primer error: el perro prosiguió con su llanto, pero además con más dedicación y entusiasmo. Inma, conmovida de nuevo, dispuso que pasara la noche en nuestro cuarto. Fue el segundo error, al que le seguiría un tercero, al permitir que durmiese en su cama. Al principio no hubo problemas, pero cuando creció ocupaba casi la totalidad del lecho, lo que obligaba a la pobre Inma a aferrarse desesperadamente a cualquier asidero para evitar caer al suelo. Además, por si fuera poco, antes de dormirse Urki tenía la costumbre de buscar en la cama un acomodo blando y, cuando lo encontraba, se desplomaba como herido de muerte sobre el dolorido cuerpo de Inma cuya única respuesta era un profundo suspiro.
Una de las empresas que acometimos primero fue concertar una visita con el veterinario que se ocuparía de la salud de Urki. Mikel había oído hablar de uno que tenía la consulta cerca de nuestra casa, así que pasados unos días nos pusimos en contacto con él y nos dio cita, así que allí acudimos la familia en pleno y el cachorro.
El veterinario era un profesional joven, muy atento y cordial. Nos propuso, entre otras medidas, administrarle unas vacunas, además de un chip para permitir su identificación.
–¿Qué es un chip? –preguntó mi hija.
–Un aparato para poder identificarlo –contestó el profesional.
–Pero si nosotros ya lo conocemos –replicó la experta.
–Por si se pierde –respondió con paciencia el veterinario.
–¿El chip? –contraatacó la de siempre.
–No, el perro –contestó el santo Job.
–Pero si se pierde el perro, también se pierde el chip –nos aclaró la innombrable. Job era ya sólo un recuerdo.
–¿Y donde se lo vas a poner?
–En la oreja – respondió el recuerdo.
–¿Para que lo oiga?
–Los chips no se oyen –intervino Mikel.
–Bien –retomó la palabra Juan, que era el nombre del veterinario–, os voy a proporcionar unos mínimos conocimientos acerca del comportamiento de Urki en el futuro, con objeto de que vuestras relaciones sean lo más correctas. Habéis adquirido un perro que se caracteriza por ser muy cariñoso, amante de los niños y muy juguetón. Tiene una necesidad innata de complacer a su adorado dueño –dirigió su mirada hacia mí–, al que distingue de los demás y siempre lo identifica.
Sus palabras me ilusionaron, pues en mi casa, nunca me habían distinguido. Con el tiempo siguió sin suceder: Urki nunca me consideró su dueño.
–¿Y la comida? –preguntó mi mujer.
–Debe acostumbrarse a unos horarios fijos
–Como los nuestros –fabuló mi hijo.
–¿Y el tipo de alimentación? –la pregunta era mía.
–Pienso, siempre pienso –respondió Juan.
–Yo, cuando duermo, no –nos ilustró la hija, que no había entendido nada, como siempre.
–¿Cuántas veces al día hacen sus necesidades? –interpeló Inma.
–Depende –dijo Juan–, pero tenéis que acostumbrarle a que las haga a una hora fija.
–¿Y cómo sabrá el perro la hora? –preguntó, ya os imagináis quién.
–Pues mirando el reloj, boba –contestó el otro.
Mientras tanto, Urki ya se había hecho sus necesidades líquidas y sólidas sobre la camilla donde le había puesto el veterinario y para mí que no había consultado el reloj.
Pasaron los días y fuimos asistiendo al desarrollo de las capacidades de nuestro perro. Un buen día Mikel observó algo que nos había pasado desapercibido:
–Papá, ¿te has dado cuenta de que Urki no ladra nunca?
Era verdad. Yo no sé por qué razón nunca lo habíamos oído proferir el menor ladrido.
–Podíamos ponerle un profesor particular –comentó la que seguía siendo filóloga
–Hija –le contesté–, no conozco, ni he oído hablar de nadie que se dedique a enseñar a ladrar a los perros.
–Es que a lo mejor no los conoces –apuntó Mikel– porque esos profesores solo saben hablar en perrés.
–¿Perrés? –exclamé sorprendido.
–Sí, es el idioma de los perros –contestó con suficiencia.
–Perdona, no lo sabía –repliqué con humildad.
Sin embargo, todo hay que decirlo, a cambio de la ausencia de ladrido, Urki profería unos sonidos guturales que nunca pude identificar con algo conocido.
Solía producirlos bajo dos condiciones bien distintas: una, cuando quería algo como comida, bebida, algún juguete suyo, etcétera; la otra era impredecible, acontecía ocasionalmente. En ambas situaciones, para emitir el susodicho sonido, adoptaba una posición particular: se sentaba sobre sus patas traseras –sobre las delanteras resulta muy difícil sentarse–, extendía la cabeza hacia atrás todo lo que podía y comenzaba a proferirlo con enorme pasión y sentimiento, pero la postura le resultaba tan antifisiológica que terminaba atragantándose, con la consiguiente tos y, en ocasiones, vómito… Resultaba patético.
Mi mujer, ¿experta? en estas actitudes, nos explicaba científicamente que lo que Urki intentaba era comunicarse con sus lejanos ancestros, posiblemente los lobos, pero debían de ser muy lejanos porque nunca escuchamos contestación alguna. En el transcurso de su primer año de vida, uno de los aspectos más relevantes del comportamiento de Urki es el relativo a su alimentación. Como ya nos había advertido Juan, el veterinario, Urki pertenecía a una raza de perros muy glotones y el nuestro no era una excepción: comía constante y continuamente, el tipo de sustancias que ingería era muy diverso, pero podíamos dividirlas en dos grandes grupos, comestibles y no comestibles. Entre los primeros estaba el pienso obligatorio y otros que en principio los tenía prohibidos pero ante los que hacíamos la vista gorda: carne, pescado, garbanzos, todo tipo de frutas y verduras, era insaciable. Cuando terminaba de comer expulsaba unos ruidosos eructos que eran la envidia de Mikel y le traían a la memoria recuerdos de su anfitrión inglés. Las sustancias no comestibles eran todas –mi hijo decía que era omnívoro y su hermana añadía porque comía hasta omnis–, todo servía: juguetes, bufandas, toallas, algún sujetador y varias bragas –tenía auténtica fijación por ellas, pero se convirtió en un auténtico especialista en mis pijamas, hacía presa en los botones y los arrancaba con muchísima delicadeza, arrancaba también el trozo de tela a la que estaban cosidos, de forma que cuando acababa la faena, tenía ojales dobles alineados unos frente a otros. Mi mujer nunca se enfadaba, entre otras razones porque la prenda no era suya –me refiero a mis pijamas– y me aconsejaba que introdujese los cuatro dedos de mi mano a través de las parejas de agujeros para conseguir una cierta atadura. Yo, encima, le obedecía como un tonto y terminaba dando la imagen de Napoleón en el momento de su mayor decadencia.
Nunca supimos el origen de tal comportamiento –como el de tantos otros–. El veterinario, al que en alguna vez consultamos, nos explicó que era para hacerse notar. Yo intenté explicar al perro que ya lo notábamos, pero ni por ésas.
Urki recibió a lo largo de su corta vida un sinfín de regalos y los guardábamos en un cesto. Eran de múltiples tamaños y formas: unos imitaban huesos, otros semejaban animalitos como gatos, perro ranas, etcétera. En general los despreciaba olímpicamente, pero había otros a los que prestaba más atención: una especie de hamburguesa que nuestro perro mordía y mordía sin saber que era una hamburguesa, puesto que nunca en su vida conoció algo semejante; otro artefacto, su preferido, era una especie de cuerda que estaba entrelazada en múltiples nudos y que nuestra mascota se dedicaba a desenredar. En ocasiones lo conseguía y de sus dientes colgaban algunas de las hebras que a veces se tragaba, produciéndole arcadas y, una vez más, vómitos.
Pero la estrella de todas sus propiedades era, sin duda alguna, LA PELOTA. Se trataba de un juguete que en un principio fue redondo pero que, debido a las múltiples dentelladas de su amo, perdió su redondez. Aquella pelota estaba recubierta de varias capas de materiales diferentes que el perro había ido desbrozando de tal forma que su superficie era irregular y llena de oquedades y, debido a estas anomalías, sus botes resultaban imprevistos, lo que despistaba aún más a nuestro poco diestro Urki. Con frecuencia, cuando yo estaba comiendo, acudía obsequioso con la susodicha pelota en la boca y la depositaba, después de subirse a una silla, sobre mi plato de sopa, procurando siempre que cayese de la mayor altura posible para conseguir también el mayor grado de salpicadura posible. Ante mi lógico enfurecimiento, mi mujer me intentaba calmar con frases como “Es que quiere hacerse notar” o “Total, ya casi estabas acabando”. Estoy seguro de que no se refería a mi paciencia.
Otra de las características que mostraba nuestra mascota Urki es que, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los perros, la naturaleza no le había dotado de ningún tipo de destreza. Cualquier orden que recibía, viniese de quien viniese, la escuchaba atentamente y luego hacía todo lo contrario: si le pedíamos que se sentara, se echaba, y si le solicitábamos que se echase, se ponía en pie, como impulsado por un resorte. Parecida suerte ocurría cuando le requeríamos para que nos diese un beso, pues se daba la vuelta olímpicamente o echaba un eructo. La mayor decepción acaecía cuando le echábamos algo de comida para que lo atrapase al aire: nunca se fijaba en lo que tenía en frente y se lanzaba impetuoso a la recogida del alimento hasta darse con una silla, con la pared o con cualquier elemento que se interpusiese entre él y la ansiada comida. Por ello desistimos de esta maniobra y decidimos darle todo con la mano, directamente a su boca. Bueno, pues así también fallaba, ya que casi siempre no hacia distinción entre la vianda y la mano que la portaba, con el consiguiente mordisco. Yo lo achaqué más que a un error de cálculo, a que Urki creía que todo iba en el lote.
Podría continuar contando más sobre sus “no destrezas”, pero temo que un día pudiese enterarse de que las he ido comentando y ridiculizando, buenos son los perros...
En fin, así y sin más novedades fue transcurriendo el primer año de su vida, que se nos hizo muy corto.
0 comentarios
La obra completa
Tienes a tu disposción la obra completa en versión pdf para una lectura más comoda en Safecreative. Dale a descargar y ¡disfrutala!
Publicar un comentario en la entrada