Urki  

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No nos habíamos cambiado todavía de ropa, cuando sonó el teléfono con un sonido que me pareció el más estridente escuchado hasta entonces. Inmediatamente sospeché que se trataba de nuestro hijo y lo descolgué temblando.

–¡Papá! ¡Sácame de aquí! –se oyó una voz desgarradora al otro lado de la línea.
–Pero hijo... –balbuceé.
–¡Sácame! –El tono se había vuelto, además de imperioso, desgarrador.
–¡Pero hijo, cálmate!
–Papá o me sacas o me saco yo. –No sé qué quiso decir.
–Pero hijo, si sólo es un mes –le repliqué.
–¿Un mes? No aguanto ni una merienda.

Traté de llegar a un acuerdo de mínimos.
–Mira, Mikel, si aguantas un mes, sólo un mes… –No se me ocurría nada. De pronto me vino la luz.
–Te compro un perro –lo dije sin calcular las consecuencias de mi oferta.

Se hizo tal silencio que se oía respirar a las telefonistas.
–¿Un perro? –resonó la voz por el otro lado, esta vez el tono era más apacible y tranquilo.
–Sí –contesté, ya arrepentido.

No había nada más que añadir, tenía perdida la partida: un miserable chucho me había ganado. Colgué.
Me dirigí a mi mujer, quien junto con mi hija, había oído toda la conversación.
–Lo siento: he perdido –comenté.
–Lo tienes bien merecido –sentenció María.
–¿Qué dices? –contesté.
–Ya lo sabes, ha pasado lo que tenía que pasar: los ingleses han secuestrado a Mikel y ahora tienes que comprarles un perro para que lo suelten.
–Hija, no has entendido nada. El perro es para nosotros–le expliqué.
–¿Para nosotros? –exclamó llena de alegría.
–Sí –contesté.

Ha llegado el momento de aclarar a los lectores a qué viene eso del perro. Pues bien el asunto traía cola, valga la redundancia, desde hacía tiempo.

Mis hijos, y creo que su madre también, eran furibundos partidarios de la adquisición de un can. Yo, por el contrario, no era partidario de tener animales en casa, salvo, claro está, a mis hijos. Encajaba de forma elegante los embates que ellos me dirigían cada vez que me proponían comprar un perro, pero en esa elegancia iba encerrada una rotunda negativa.

Una mañana de domingo, lo recuerdo bien porque al día siguiente era lunes, mi hija, estratégicamente enviada por su hermano Mikel, me interpeló:

–Papá me gustaría hablar contigo, de hombre a hombre…–Evidentemente la frase no era de su cosecha, pues se había inspirado en la dialéctica de su hermano.
–De acuerdo –contesté.
–Creo que necesitamos un perro.
–¿Por qué? –le pregunté.
–Por los ladrones –me contestó.
–No creo que a los ladrones les guste tener un perro –respondí haciéndome el estúpido. A veces no me costaba mucho.
–No, papá, es al revés, es a los perros a los que no les gustan los ladrones.
–¿Y tú cómo lo sabes?
–Porque los perros odiaban al padre de una niña de mi clase que era ladrón.
–¿Y cómo sabes que era ladrón?
–Porque, como ya te he dicho, los perros no le podían ni ver.

Mi hijo, que asistía silencioso a nuestro sublime diálogo, decidió que era el momento de intervenir.
–Verás, papá, es que además mamá va a tener una depresión si no lo compramos.– Mi mujer, Inma, nunca había formado parte de la conjura pro mascota, aunque no pondría yo la mano en el fuego.
–¿Y que es una depresión? –pregunté.
–No sé, pero una profesora de mi colegio tuvo una y lleva ya diez años de baja.
–Que le compren un perro –sugerí.
–Pero ahora ya es tarde, porque el perro cogería otra –replicó Mikel.
–¿Con una no les bastaba para los dos? –ironicé.
–Por lo visto no –respondió.

De pronto, oímos a mi mujer cantar, su voz llegaba fuerte y alegre, a través del pasillo.
–No parece que esté muy triste– comenté.
–A lo mejor canta para no llorar.–especuló Mikel.
–Yo misma lo hago –añadió mi hija–. Muchas veces crees que, por oírme cantar, estoy contenta, pero me echaría a llorar.
–¿Y cuándo te ocurre eso?
–Sobre todo por las mañanas.
–¿Y por qué por las mañanas? –le pregunté pasmado.
–Porque se tienen más fuerzas y se llora mejor.

Profundamente impresionado por el conocimiento tan profundo que de la etiología del llanto mostraba mi hija, me atreví a comentar:
– Pues a mí nunca me ha ocurrido eso.
–Es que sólo les pasa a las personas –matizó mi hijo.
–Y también creo que a los perros –puntualizó María, quitándome toda esperanza de cualquier identificación en el reino animal.
–¿Qué respondes, papá? –preguntaron casi al unísono mis futuros herederos.
–No sé, pero me habéis dejado con ganas de llorar –dramaticé.
–Pues espera a mañana, porque hoy ya es tarde –me aconsejó Mikel.

Casi se me cayeron las lágrimas por su comprensión.
–Bueno, os prometo que lo tendré en consideración –concluí por decir algo.
–¿Y eso que quiere decir? –exigió saber María.
–Pues que no piensa comprarlo –afirmó sabiamente Mikel.

Y después de tanta resistencia numantina por mi parte, había acabado cediendo

El mes de julio transcurrió rápidamente, sin saltarse ni un solo día como suele ocurrir. Diariamente charlábamos con nuestro hijo, pero se mostraba poco expresivo, aunque eso sí, al terminar la charla, me preguntaba si mantenía la promesa de la compra del perro y yo le contestaba siempre afirmativamente. Llegó por fin el final de aquel mes y yo mismo me encargué de acudir a recogerlo al aeropuerto.

Esperé allí su aparición tan deseada. Pronto se abrió la puerta de la salida de viajeros y entre ellos apareció Mikel. Me pareció más delgado, me vio y una sonrisa le partió la cara en dos, se dirigió corriendo hacia mí y, al llegar a unos pocos metros, se detuvo en seco.

–¿Sigue en pie lo del perro? –me preguntó.
–Si –contesté.

Se me abrazó con tal vigor que me costó desasirme. Cuando lo conseguí, le pregunté:
–¿Si te hubiera dicho que no, no me habrías abrazado?
–Sí, pero no con tanta fuerza –contestó.

Salimos del aeropuerto alborozados y, antes de tomar el tren de vuelta a casa, le invité a comer al restaurante donde habíamos comido a la ida, pero esta vez el maître no nos comentó nada acerca de la bebida: en un mes se olvida cualquier olor.

Una vez en el tren, nos acomodamos en uno de sus vagones y me dispuse a sonsacar a Mikel todo lo relacionado con su estancia londinense.

–¿Qué tal la comida en la casa de acogida? –le pregunté.
–Asquerosa –me respondió.
–Algo tendría de bueno –comenté.
–Sí –replicó.
–¿Qué?
–Que era escasa.
–¿Qué comías entonces?
–Hamburguesas... Miles de hamburguesas, por supuesto fuera de casa.
–¿Te llegaba el dinero?– pregunté.
–Ahorraba por otro lado.
–¿Qué otro lado? –exclamé asombrado.
–Por el transporte en el metro. No pagaba nunca.
–¿Y eso?
–Resulta fácil, bueno, al menos para mí, porque al alemán le cogían siempre.
–¿Qué alemán?
–El otro chico que estaba conmigo en la casa de acogida.
–Nunca hablaste de él –comenté
–Ni con él.
–¿Y eso?
–Porque no sabía español.
–Ni tú, alemán.
–Pues por eso –y cortó el tema.
–¿Y la familia inglesa? –le volví preguntar.
–El marido se echaba cada eructo... –recordó con una mezcla de envidia y nostalgia.
–¿Le entendías algo?
–No. Porque creo que se los echaba en inglés.
–¿Y los hijos?
–El mayor estaba aprendiendo –respondió.
–¿Aprendiendo...?
–Si, a echárselos, pero decía que con cerveza salían mejor, pero como a él no le dejaban beber...
–Comprendo –asentí
–¿Y el más pequeño?–pregunté.
–Me llevaba muy bien con él. Todos los días nos pegábamos.
–¿Y la madre? –insistí.
–Era la mejor de todos, por las noches siempre me despedía con un beso.
–No le cuentes eso a tu madre –le advertí.
–¿Por qué?
–Por nada.
–¿Ibais a algún a algún oficio religioso?
–Sí, a una iglesia “protestona”.
–Protestante –corregí.
–No, yo no protestaba. Total, yo no entendía nada y me quedaba dormido.

Al fin decidí a informarme del tema que se suponía debía ser el más importante, me refiero al idioma.
–¿Qué tal con el inglés? –pregunté.
–Me defiendo –contestó.
–¿Cómo? –indagué.
–Cuando me atacan –me aclaró.
–¿Qué quieres decir?
–Pues es muy sencillo –respondió–: cuando me hablan en inglés, creo que lo hacen por fastidiar y, para vengarme, no contesto, pero tampoco podría ya que no entiendo nada.
–Pero alguna palabra habrás aprendido
–Alguna palabra suelta sí, pero muy suelta –concretó–, pero me temo que como tú no sabes nada, al no poder practicar, se me acabarán olvidando todas, las sueltas, y las atadas. –Me quedé estupefacto, mi hijo continuó–: No sabes lo difícil que es. Además, como somos tanto los que estamos aprendiendo, se está agotando y casi ya no queda inglés para enseñar. Bueno, eso es lo que dice un amigo mío.

La explicación parecía clara, resultaba increíble como yo no había caído antes.
–¿Hicisteis alguna excursión? –pregunté
–Sí a un sitio donde nació un tío que no paraba de escribir, se llamaba algo así como Scasscasscascascas.... –le interrumpí, porque se empezaba ahogar.
–Shakespeare – le aclaré.
–Eso – respiró aliviado.

Llegamos a casa, nos esperaban ansiosas mi mujer y María. Después de los consabidos abrazos, mi hijo se dirigió a su madre y le dijo:
–La señora de la casa de Londres me daba un beso todas las noches.
–¿Todas? –preguntó nerviosa.
–Bueno, todas no –contestó Mikel.

Mi mujer solo suspiró y no hizo más comentario Yo me retiré a descansar. Ellos se quedaron hablando hasta muy entrada la noche.

Al día siguiente, como era de esperar, Mikel sacó el tema del dichoso perro. Por lo visto había adquirido amplia información acerca del perro más idóneo para nosotros.

–¿Cuál es la marca de perro más apropiada para nosotros? –pregunté.
–Papá, no se dice marca. Eso es para los coches. Se dice raza.
–Pues, raza blanca, como nosotros –respondió mi mujer, que aun tenía menos idea que yo.

Mi hijo, que hizo como que no la había oído, nos ilustró:
–Golden Retriever –dijo.
–¿Y eso que es? –pregunté.
–Retriever significa cobrador –aclaró Mikel.
–Para eso ya tenemos el Banco –contesté, haciendo infinita mi ignorancia
–Papá, cobrador se refiere a que antes era un perro de caza muy bueno y cobraba las piezas de caza de maravilla, pero ahora –continuó– se ha convertido en perro de compañía, así que atiende a personas como tú, papá: ancianos, discapacitados...

Bueno perdona, papá, ya sé que tú no eres un anciano
–Gracias –repliqué emocionado.
–¿Y el nombre? ¿Qué nombre le pondrías papá?
Sabía que la pregunta tenía trampa, a pesar de eso respondí:
–Guau.
–¡¿Guau?! –exclamaron los hijos al unísono.
–Guau Guau –me reafirmé.
–¿Guau? –volvieron a preguntar.

Durante unos segundos, la jauría enmudeció.
–Guau no es nombre de perro –afirmó Mikel rompiendo el silencio.
–¿Entonces me lo habéis preguntado para que hiciese el ridículo?
–Sí –contestaron solidariamente.
–Pues habéis de saber que los perros se llaman Guau entre ellos –afirmé ante una concurrencia absolutamente incrédula.
–Para el caso que se hacen... –comentó mi hija.
Urki, le pondremos Urki –afirmó Mikel–. Viene del euskera y significa abedul.
–¿Y abedul de dónde viene? –quiso saber María.
–El abedul no viene de ningún lado: está parado porqué está plantado, es un árbol –aclaró
–¿Y qué significa abedul? –insistió su hermana.
–En euskera, Urki –declaró ufano el filólogo de la casa.
–¿Dónde lo compraremos? –pregunté.
–En un pueblo de Aragón. El nombre lo tengo escrito en una libreta –replicó Mikel.
–Vale –contesté–, pero antes de dar el visto bueno, exijo tres condiciones.
–¿Cuáles? –preguntó mi hijo.
–La primera es que sea de tamaño pequeño. La segunda, que tenga color negro y, finalmente, que su conducta sea dócil y obediente.
–De acuerdo –contestaron

Con el tiempo se convirtió en un perro de color blanco y de enorme tamaño –recordaba al caballo de Pancho Villa– y, por supuesto, nunca me obedeció.

El pueblecito donde acudimos para adquirir la mascota se encontraba en el Pirineo aragonés. Hicimos el viaje los tres en un solo día. María se quedó esperándonos.
La dueña del establecimiento donde se adquirían los animales, que ya estaba advertida de nuestra llegada, nos llevó a una caseta donde se suponía que se encontraba nuestra futura mascota.

–Su madre ha tenido anoche ocho cachorros y se encuentran todos dentro –nos informó, mostrándonos la caseta.

Pronto hicieron su aparición los perrillos, eran preciosos, blancos y se apiñaban, juguetones, unos contra otros.
–¡Pero sólo hay siete! –señaló Mikel.
–Esperen un momento –respondió la señora. Pasaron unos segundos y apareció el octavo. Aquél era el más gordo, debía de haber acabado de comer porque arrastraba una tripa enorme que rozaba el suelo. Parecía apático y displicente.
–¡ÉSTE! –dijimos los tres.

Y en ese momento comenzó nuestra entrañable experiencia con la mascota que llamamos Urki. Todavía no me puedo explicar la coincidencia tan completa de nuestra elección.

Esta entrada fue publicada el lunes, marzo 23, 2009 y contiene , . Puedes seguir cualquier respuesta a través de comments feed .

1 comentarios

Grazyna  

Nice writing.Whole of good humor and friendly atmosphere.

10 de septiembre de 2009 23:40

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